Vivir en la frontera: Vestir en abonos

Nadie sabe cuántas mujeres hacen los mismo. Hay decenas que viajan en la mismas líneas de autobuses.  El dato es lo de menos. Lo cierto es que un gran número de ellas que viven en Ciudad Juárez, visten las ropas que consiguen en las bodégas de Los Angeles, a mil kilómetros de distancia.
(inicialmente publicada el 6 mayo 2006 )

La semana de Laura Saénz comienza los viernes por la tarde. A la hora en que cientos de miles de trabajadores se preparan para su fin de semana, ella alista sus mochilas vacías para llenarlas de ropa al día siguiente en la ciudad de Los Angeles, a mil kilómetros de distancia.

Lo que Saénz hace es un salvoconducto que la mantiene alejada de la crisis: comprar ropa de marca a precios de remate resulta un negocio redondo una vez que logra venderla aquí, casa por casa, a sí sea en abonos.

“Muchos pueden pensar que es muy matado subirse al camión un día para viajar 14 horas, y tomarlo de regreso al día siguiente por la tarde, después de caminar en busca de rebajas. Pero en realidad es una manera de conservar un ingreso decente”, dice Saénz, minutos antes de abordar el camion en su viaje de ida.

Es una viajera conocida. O mejor dicho, forma parte de una legión de mujeres que cada Viernes saturan las corridas de casi todas la líneas de autobuses que salen del El Paso hacia Los Angeles, y que dialogan con los boleteros con la confianza que solo dan los años.

Es imposible, por tanto, disputarles un asiento en esas corridas. Ellas tienen preferencia por derecho propio. Sus viajes ininterrumpidos le sitúan en una especie de club premiere, y eso tiene sus ventajas.

“Por ejemplo” dice Saénz, “a nosotras hasta algunos agentes de la migra nos reconocen en el punto de revision”.

El punto al que ella se refiere es temido por muchos. Se trata de la garita migratoria instalada poco más alla de la franja fronteriza, al norte de Las Cruces, en Nuevo Mexico. Es un punto temido, porque los agentes ahí habilitados suelen ser despotas con los pasajeros.

Pero a Saénz y el resto de las vendedoras que viajan incanzables cada fin de semana, eso dejo de significarles una molestía hace bastantes años.

El negocio es así:

Cada viernes por la tarde abordan los autobuses y la mayoría desciente en el centro de Los Angeles a la mañana siguiente, antes de que se lleguen las 8 o 9.

Desayunan en uno de los múltiples restaurantes de comida rápida, y luego van a la caza de ofertas en donde ser rematan saldos de D&G, Polo, Versace, Hugo Boss; o ropas sencillas y baratas, de 5 dólares la pieza.

Luego, con las bolsas repletas, después de 5 ó 6 horas de compras, vuelven a comer algo frugal y de ahí regresan a las terminales de las mismas líneas que abordaron para llegar.

Saénz ha hecho los mismo desde que supo que su carrera como abogada penalista estaba sobre saturada. Su futuro, en caso de persistir, hubiera sido seguramente un despacho sencillo, un laberinto de corrupciones y una paga mediocre, a menos que hubiera decidido entrarle al juego de la tranza.

Ya desde adolescente se había metido a las calles del Distrito de la Moda. Su madre fue de hecho, quien inicio el negocio a finales de la década de 1980.

Saénz y una amiga suya desde la Universidad Reyna González decidieron aliarse apenas terminaron sus respectivas carreras.

González, hoy de 33 años, los mismos que Saénz, no encuentra en esa rutina de fin de semana ningún sacrificio.

“Se trata de algo muy sencillo”, dice. “En verdad tu te subes al camión, te duermes, despiertas en otra ciudad, te vas de compras, comes, vuelves a subirte al camión, te duermes, y despiertas en tu ciudad. Y luego ya solamente acudes con tus clientes de siempre, y con los nuevos que te van recomendando”.

En lo que dice y hace, parece no haber pierde. Ni ella ni Saénz, ni cualesquiera de las mujeres que se dedican a lo mismo, se preocupan por recuperar su inversión de hasta mil dólares en forma inmediata. Lo suyo es un negocio permanente, que gira sin detenerse gracias al pago en abonos, a que fían y a que los pagos se semanales en todo caso son parte de su ganancía.

“De lo que te dan guardas solo un poco para mantener el presupuesto de lo que gastarás comprando más ropa. Pero el resto es lo que te queda para ti, como ganancía”. Explica Saénz.

Nadie sabe cuántas mujeres hacen los mismo. Hay decenas que viajan en la mismas líneas de autobuses.  Pero hay muchas otras, la mayoría, que viajan en sus propios automóviles .

El dato es lo de menos. Lo cierto es que un gran número de mujeres que viven en Ciudad Juárez, se visten con las ropas que todas ellas consiguen en esas bodégas distantes.

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