Viviendo de Villa

“La gente tiene muchas opiniones sobre Villa, pero yo les he dicho, incluso a varios historiadores que dicen que era un forajido, que no importa si él hizo las cosas mal o bien, porque al final fue quien nos puso en el mapa. Por Villa existimos”, dice Eduardo Espinoza, el alcalde de 43 años de Columbus.

Cuando se llega a este pueblo de 700 habitantes desaparece cualquier duda sobre la capacidad norteamericana para vender hasta sus desgracias. Si se conduce al sur o al norte, al este o al oeste, queda claro que Columbus sobrevive por la invasión que 90 años atrás consumaron las tropas de Francisco Villa. Y la habilidad para transformar el agravio en fuente de vida eterna, en verdad es sorprendente.

“La gente tiene muchas opiniones sobre Villa, pero yo les he dicho, incluso a varios historiadores que dicen que era un forajido, que no importa si él hizo las cosas mal o bien, porque al final fue quien nos puso en el mapa. Por Villa existimos”, dice Eduardo Espinoza, el alcalde de 43 años de Columbus.

Sus palabras no sólo identifican a los habitantes del pueblo, sino del resto del estado y su clase política.  El sábado 11 de marzo, los gobernadores de Chihuahua y Nuevo México presenciaron la inauguración formal de un nuevo museo de 1.7 millones de dólares, dentro del parque Estatal Pancho Villa, una enorme extensión de 24 hectáreas que opera desde 1961. El museo y el resto del complejo, donde aún quedan en pie edificios que alguna vez formaron el Campo Furlong, suspenden el tiempo en las cinco horas que duró la invasión de los villistas.

Los testimonios que describen la confrontación de esa madrugada del nueve de marzo de 1916, son un contraste con el ánimo que se tiene hoy en día a uno y otro lado de esa frontera. “Éste es un museo que celebra la buena relación entre dos pueblos”, dice Armando Martínez, el supervisor del parque. “De eso se trata todo”.

¿Acaso existe alguien que opine distinto? Parece que no. Quienes habitan Columbus son, en su mayoría, descendientes de inmigrantes que llegaron meses después de la invasión, pero entre los principales promotores del parque y el museo, se cuenta también al historiador Richard Dean, cuyo abuelo, James T. Dean, fue asesinado por los mexicanos.

Desde la calle central se domina gran parte del pueblo. Es así de pequeño. Por eso, cuando además del parque y el museo, hoteles, restaurantes, tiendas de artesanías y pequeños supermercados llevan el nombre de Pancho Villa, está claro que la incursión de sus tropas dejaron algo más que cadáveres y edificios incendiados. El general, de hecho, penetró con sus fuerzas y jamás volvió a salir.

Batalla en las penumbras
Las manecillas del reloj de la estación del ferrocarril se paralizaron a las cuatro de la mañana con once minutos del nueve de marzo de 1916. En medio de la batalla, una bala dio justo en ellas y a partir de esa hora los ciudadanos y militares
contaron la historia de la invasión a Columbus.

A las dos de la mañana, dicen los relatos que se exhiben en el museo del parque estatal, los 480 hombres que conformaban las tropas de Villa irrumpieron en las calles del pueblo, después de tirar la alambrada de púas que servía de división fronteriza, a pocos kilómetros del centro del poblado y del campo Furlong, un destacamento del ejército de los Estados Unidos, instalado para proteger la región de criminales y bandidos.

Hay quienes dicen que Villa observó la actuación de sus hombres desde lo alto de una loma cercana y otros más que lo describen operando en medio de la confrontación. Lo que ocurrió a partir de las dos de la mañana, sin embargo, es algo que nadie cuestiona. El silencio en las calles fue desplazado por el estruendo de las balas y los gritos invasores, y antes de una hora varios hombres estaban muertos, otros tantos habían sido despojados de su dinero y sus joyas y varios edificios estaban en llamas.

“Los villistas saqueaban las tiendas de la calle principal, les robaron a los huéspedes del hotel y entraron a unas casas particulares”, dice un relato de lo ocurrido. “Pero el botín más jugoso fueron los 80 caballos, 30 mulas y 30 armas de fuego que tomaron del Campo Furlong. Sin embargo, los caballos y mucho de lo que se habían robado, fueron abandonados en una desordenada retirada”.

Las razones de Villa para invadir suelo norteamericano, son también tema de debate entre historiadores. Villa debió sentirse ofendido porque Woodrow Wilson permitió el traslado de tropas mexicanas que luego lo derrotaron en Agua Prieta, y con ello entendió que Estados Unidos había tejido alianzas con  el gobierno de Venustiano Carranza, dicen algunos. Otros encuentran el origen del ataque en la enorme necesidad que tenía para abastecerse de provisiones y caballos, lo que hacía de Columbus un blanco relativamente sencillo. El pueblo tenía entonces menos de 400 habitantes, estaba aislado y sin electricidad.

“Los residentes del pueblo, despertados por el ataque, se escondieron dentro o fuera de sus hogares oscurecidos o huyeron a Deming para dar la voz de alarma. A la vez, las 350 tropas que se encontraban en el Campo Furlong valientemente se recobraron. Todos, desde los cocineros, a mitad de la preparación del desayuno, hasta los fusileros y las tropas con ametralladoras, participaron en la batalla de tres horas que expulsó a los villistas y los hizo retroceder al otro lado de la frontera”, dice la crónica del enfrentamiento que exhibe el museo.

Otros testimonios sirven para reconstruir la batalla.

“Encontramos intensas descargas tan cerca, que los destellos casi nos quemaron las caras”, escribió el sargento Michael fody, refiriéndose al momento en que la tropa F contraatacó a las tropas de Villa en el centro del pueblo.

“El horror verdadero se encontraba en las calles y banquetas. Los soldados de Villa que habían quedado se hallaban ahí, muertos o muriéndose”, contó a su vez Mary Means Scott, que entonces era una niña observando el ataque y la defensa desde la ventana de su casa.

Ella también describió lo siguiente: ““Nos paramos por una ventana que miraba hacia el centro del pueblo, escoltados por la escena espectacular y horrorosa. Las llamas doradas y rojas ascendieron en el aire quieto, chisporroteando y rugiendo furiosamente”.

La rehén de los villistas, Maud Hawkw Right: “Villa cabalgaba entre ellos, maldiciendo y amenazando a cualquier hombre que huía, pero seguían regresándose” .

Los curadores del museo rescataron el fragmento de una carta que Villa supuestamente escribió a Emiliano Zapata, el ocho de enero de 1916: “Hemos decidido no disparar ni una bala más contra los mexicanos, nuestros hermanos, y nos preparamos y organizamos para atacar a los americanos en sus propias madrigueras”.

Ensayando para la guerra
A las siete de la mañana con treinta minutos del nueve de marzo, los últimos hombres de Francisco Villa huían perseguidos por 56 soldados de caballería encabezados por el mayor Frank Tompkins. Sus compañeros cubrían la retirada disparando desde lo alto de una loma ubicada al sureste del pueblo, en los límites de la frontera. La persecución se adentró algunos kilómetros en suelo mexicano.

La reacción estadounidense al ataque había sido inmediata y furiosa. El presidente Wilson ordenó una operación militar para atrapar a Villa y sus hombres. Cinco días después de la invasión, las primeras unidades de infantería se congregaron en Columbus, a donde llegaron por ferrocarril y en camiones. Una semana antes, el pueblo vivía tranquilo, pero la quietud de sus horas no volvería a recuperarla en muchos meses.

“Las calles estaban llenas de soldados de caballería con sus caballos cabriolantes y de piezas de artillería arrastradas por caballos que avanzaban pesadamente”, dice uno de los relatos de Mary Means Scott,a la niña testigo. “Enormes camiones de suministros, nuevos e increíblemente potentes en nuestro pueblo humilde, aumentaron el polvo y el alboroto”.

Means describió escenas históricas no sólo para Columbus, sino para el resto del mundo. Se trataba del más grandioso desplante militar jamás realizado para capturar a un hombre. Francisco Villa había consumado una invasión en territorio continental de los Estados Unidos, y eso no sucedía desde el ataque inglés de 1812. Lo descrito por Means, era también la primera exhibición del nuevo poderío militar que emplearía el país durante la Primera Guerra Mundial, un equipo jamás utilizado hasta esos días, y que sería estrenado en el abrupto suelo del norte de Chihuahua.

El comandante en jefe era John J. Pershing, apodado Black Jack, un legendario jefe militar que tenía en su haber glorias por sus combates contra nativos norteamericanos así como en el extranjero. El general se despojó del caballo para montarse en una novedad maravillosa, un automóvil Dodge Touring 1915, de los cuales se fabricaron 45 mil unidades ese año, colocando a la compañía en la tercera más grande del mundo.

En ese vehículo, cuya réplica exacta puede verse en el museo de Pancho Villa, Pershing incursionó muy al sur de Chihuahua en busca de Villa. Se trataba de una máquina capaz de correr a 15 millas por hora sobre terreno desigual, lo que hizo más eficiente la expedición punitiva, al menos en los trechos recorridos en tiempo y circunstancia. En total, el ejército comandado por el general, empleó 70 automóviles.

El gobierno mexicano negó a Pershing el empleo del ferrocarril para transportar material de guerra. El general vio en la negativa, una manera de probar tecnología y estrategias en campaña, con vistas a la intervención inminente del ejército en la guerra mundial.  Los Estados Unidos decidieron emplear vehículos motorizados, aún sin probar en campo, para abastecer a sus tropas. Mientras los casros jalados por mulas pretaban servicio transportando la pastura para los animales, las caravanas de camiones transportaban unas 10 mil toneladas de equipo militar que se utilizaron para la cacería de Villa y sus hombres.

Todo ello cambió radicalmente las estrategias militares de campo en el ejército de los Estados Unidos. Los primeros camiones empleados entonces, llamados White, llevaron sobre sus chasis carros de escolta. Por vez primera se vieron también los todo terreno de 1.5 toneladas, llamados Jeffrey Quad, capaces de avanzar a velocidades de cinco a 10 millas por hora. El ejercicio sirvió de mucho para los meses de la Primera Guerra Mundial. Por sus incursiones hasta 400 millas al sur, hasta los límites con Parral, los estadounidenses se dieron cuenta de la fragilidad de los Jeffrey Quad y luego compusieron sus fallas.

“La expedición punitiva fue la última de las viejas y la primavera de las nuevas. Fue la última gran operación de la caballería del ejército de los Estados Unidos”, dijo alguna vez el historiador Louis Ray Sadler.

Y en un documental de Héctor Galán y Paul Espinosa, A la caza de Pancho Villa, se recupera una confesión que Pershing hace a su suegro, a propósito del fracaso de la enorme ofensiva militar: “Ahora regresamos a hurtadilla, escondiéndonos, como un perro maltratado y callejero, con la cola entre las patas”.

Viviendo de Villa
Quedan en pie algunos cuantos edificios históricos, pero no por el ataque de los villistas en 1916, sino por el abandono del pueblo. Casi todos ellos se perdieron en la década de 1970, tras años de abandono. Antes, en 1963, las compañías ferroviarias decidieron eliminar las rutas que pasaban por Columbus y con ello las pocas empresas que operaban allí, se fueron. Muchos habitantes que fueron testigos de la invasión también huyeron. El pueblo dependió unos años del cultivo del chile y la cebolla, pero eso no fue suficiente.

Fueron fechas en las que un grupo de ciudadanos solicitaron a sus congresistas apoyar el rescate de lo único valioso que quedaba: la historia. Así fuera una ofensa, todos entendieron que no había opciones. Con 11.7 hectáreas iniciales, quedó abierto entonces el Parque Estatal Pancho Villa. Con ello, muchos otros negocios cambiaron su razón social por el mismo nombre del revolucionarios mexicano.

La apertura del museo, este año, es la fase culminante del proyecto que alimenta a Columbus. Otro senador, John Smith obtuvo fondos por 118 mil dólares, en el 2005, con los que se adquirieron algunas piezas del museo, como la réplica del Dodge empleado por Pershing, y de un aeroplano Curtis Jenny JN-3, que por primera vez sobrevoló el cielo en un acto de campaña militar.

“El museo es para que la gente se documente sobre lo que pasó”, dice el supervisor del parque, Armando Martínez. “Hay que dejar que ella misma se forje una opinión, porque nosotros no estamos ni a favor ni en contra de ninguna de las partes”.

En su primer mes de apertura, el museo recibió dos mil visitantes. Se espera que al cierre del año se acumulen al menos 12 mil. Y la apuesta al agravio como forma de subsistencia es total: el estado de Nuevo México comprará otras 48 hectáreas para añadirlas al parque porque, como dice el alcalde, Columbus existe por Francisco Villa.

CRONOLOGÍA DEL ATAQUE

2:00am. Los soldados de Villa cruzan la frontera a tres millas del pueblo

4:11am. Una bala para el reloj en la estación de tren, en Columbus.

4:15am. Dos columnas de villistas atacan simultáneamente el centro de Columbus y Camp Furlong.

4:30am. El Teniente Lucas se despierta y levanta su tropa ametralladora. El soldado raso Fred Griffin, centinela de guardia en el cuartel general del regimiento, es asesinado. Los villistas roban las tiendas en la calle principal y asaltan a los huéspedes del hotel Commercial. El Teniente James Castleman, oficial de día, mata a un fusilero mexicano a corta distancia y guía a su unidad de la tropa F hacia el centro del pueblo desde el Este. El hotel Commercial estalla en llamas iluminando el campo de batalla que se encuentra en las calles del pueblo. La tropa ametralladora del Teniente Lucas y 30 fusileros hacen huir a los atacantes del campo y avanzan al centro del pueblo desde el sur.

5:30am. Al rayar el alba, el Coronel Slocum llega al cerro Cootes, para asumir el mando de las tropas estadounidenses.

7:15am. La mayoría de los atacantes son expulsados del pueblo.

7:30am. Los últimos de los villistas se retiran mientras Villa y sus reservas les proveen cobertura desde una loma al sureste. El mayor Frank Tompkins y 56 soldados de caballería persiguen a los villistas hasta cruzar la frontera con México, en donde los siguieron por una corta distancia.

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