¿Morir para contarlo?

En “Contrabando: Confessions of a Drug-Smuggling Texas Cowboy” (Cinco Puntos Press, 2005), Don Henry Ford escribe sus vivencias de 10 años cruzando marihuana en la frontera de Coahuila y Texas. Al hacerlo, la literatura sobre el tráfico de drogas llena tres de sus huecos: el papel que juega el cultivo ilegal en el campo mexicano; la participación de la CIA, la DEA, el cártel de Medellín y la Contra nicaraguense en la consolidación del mercado de la cocaína en Estados Unidos; y ser hoy el único documento disponible de alguien que ha pernoctado en las entrañas del negocio.
 
El supuesto reduccionismo que los medios y académicos hacen de la vida en la frontera sur de los Estados Unidos es la queja que aparece de inmediato, y anima, de suyo, el artículo “Recent Research on the U.S.- Mexico Border” (Investigaciones recientes en la frontera de Estados Unidos y México), escrito por Josiah McC. Heyman y publicado el año pasado por la Universidad de Texas en El Paso, en el volúmen 39, número 3 del Latin America Research Review. 

Para Heyman, la variedad de temas que succionan cobertura son principalmente, el tráfico de drogas, las maquiladoras, los homicidios de mujeres y la contaminación.

En referencia al comercio de narcóticos, Heyman dice que “necesitamos desesperadamente conocer más información “real” acerca del tráfico de estupefacientes en la frontera –información verificable acerca de como funciona en la vida cotidiana, cuanto afecta alas familias, a los negocios, a la sociedad y a la cultura–, pero a la fecha ni periodistas ni científicos sociales han alcanzado tal progreso en esta actividad peligrosa y subterránea”, y encomia en una nota al calce, la publicación de un par de libros acerca de los narcocorridos.

Hay noticias para el señor Heyman: en Contrabando Don Henry Ford procura satisfacer su apetito.

A pesar de que un recuento acucioso de la vida cotidiana y profesional del barón de Ojinaga, Pablo Acosta, fue entregado por Terrence Poppa en su libro Druglord, no aparece acuse de recibo en el escrito del doctor Heyman. En su texto, Poppa describe en detalle los días interminables del capo debido a la gran carga de trabajo a la que estaba sujeto, ocupándose de satisfacer una sucesión inacabable de pedidos. Se mantenía despierto consumiendo gran cantidad de cocaína o crack.

Uno puede, inclusive, “ver” a Pablo contar el cuento de Blanca Nieves a sus hijos, y prestar su voz a los personajes.

Por su parte, básicamente Ford es un texano de cepa, con 47 años a cuestas que vivió lo que puede calificarse como la prehistoria del “esplendor” del narcotráfico en la frontera, y en su calidad de pasador de marihuana freelance, se relacionó marginalmente con personajes como Acosta y Amado Carrillo.

A diferencia de estos, que alcanzaron el estrellato, Ford, como cientos o miles de colegas perteneció siempre a la masa de obreros del narcotráfico que permanecen anónimos per secula seculorum, contrabandistas menores cuya fama se reduce a la mísera exposición de su fotografía en la sección policiaca de los periódicos mexicanos. 

En su caso se aplica una exención: Ford ha escrito en un tomo sus vivencias de 10 años cruzando cargamentos de marihuana en la frontera de Coahuila y Texas, en la zona del Big Bend National Park. Su historia es simple: la de un ranchero gringo que se percata de la inviabilidad económica de cultivar la tierra, y para escapar a ello y refinanciar el rancho recurre a importar marihuana a su país.

En sus andares cultiva contactos y emprende alianzas estratégicas con campesinos mexicanos en Durango y Coahuila, quienes enfrentan en sus ejidos una situación similar a la que Ford experimentó como agricultor, pero potenciada varias veces debido al renqueante sistema económico mexicano.

El libro de Ford va más allá del mero recuento de los episodios personales. Contrabando contribuye sustanciosamente a llenar al menos tres vacíos dejados por publicaciones anteriores.

El primero y más obvio corresponde al papel que el narcotráfico ha jugado en la sustitución de cultivos en el campo mexicano, con los productos tradicionales maíz y frijol siendo desplazados por los más lucrativos, marihuana y amapola. En su libro El Negocio: La economía de México atrapada por el narcotráfico, de Editorial Grijalbo, Carlos Loret de Mola intentó calcular mediante deducciones aritméticas el peso específico del narcotráfico en la economía mexicana. La cifra recurrentemente citada por varios medios y especialistas de 30 mil millones de dólares anuales, la publicó la PGR en 1994.

Pero, en El Negocio Loret de Mola no aporta personajes u operaciones específicas que involucren directamente a campesinos mexicanos en la narcoeconomía.

Es diferente en Contrabando. De las relaciones comerciales que Don Henry Ford estableció en dos vías –introducción de marihuana a Estados Unidos, contrabando de armas y municiones hacia México– surgen en su texto las memorias que lo ligan a una geografía específica. Si bien DHF no es demasiado explícito sobre la ubicación de uno de los ejidos donde se abastecía, ubicado en el Espinazo del Diablo, en Durango, ni sobre la identidad de sus pobladores, en cambio las particularidades sobre Piedritas, Coahuila y su gente son abundantes.

Depositarios de la tradición fronteriza que ha hecho del contrabando, en diferentes épocas y diferentes mercancías –licor, cera de candelilla, aves, azúcar, etc.– una herramienta de subsistencia, los aliados de Ford y su comunidad son presentados con naturalidad en Contrabando. En el recuento escrito de DHF, su conducta más bien parece un reflejo automático, una reacción a los atavismos de la economía mexicana.

Ford no se concreta a detallar la mecánica de contrabandear marihuana en la zona, sino que hace una exposición del historial del ejido, y del la vida y personalidad de sus pobladores, y en ello cabe la mexicanidad en cuanto a las delicias culinarias –frijoles refritos, barbacoa–, la ejecución de suertes charras en las tareas cotidianas del ejido, la hospitalidad y el diferencial con respecto al sajón de la percepción del tiempo, el individualismo y de los bienes materiales.

Narra haber visto a Beto, su compañero frecuente en la introducción o salvaguarda de marihuana, ejecutar, una y otra vez, faenas de charro dificilísimas, incluso para el más avezado y famoso cowboy.

Un segundo espacio que se cierra con la publicación de las memorias de Ford tiene que ver con la participación de la CIA, la DEA, el cártel de Medellín y la contrarrevolución en Nicaragua en la consolidación del mercado de la cocaína en los Estados Unidos, en la primera parte de los ochenta. En la pista clandestina del ejido vecino a Piedritas, San Miguel, aterrizaron varios aviones provenientes de Colombia, en un operativo donde los eslabones con la geopolítica se llaman Alejandro Cerna, del cártel de Medellín, y Mike Palmer, hombre que de acuerdo a DHF “hizo dinero por todos lados: de los narcotraficantes, de la DEA y de la CIA”.

En su libro Dark Alliance el periodista Gary Webb documenta con suficiencia la responsabilidad de la CIA en la explosión del crack en Los Ángeles como medio de financiar a los Contras en Nicaragua. Palmer aparece ahí identificado como un narcotraficante que mediante la compañía Vortex Aviation proveía indirectamente de servicios aéreos a la CIA, mediante una institución presuntamente humanitaria dependiente del Departamento de Estado.

Los operativos de aterrizaje, descarga y reabastecimiento de combustible de los tres vuelos que aterrizaron en dominios de Ford y sus asociados en Coahuila en 1986 y que Palmer piloteó desde Colombia tuvieron la participación de campesinos de Piedritas. Dos aeronaves cargaban varias toneladas de marihuana, y la tercera contenía 700 kilos de cocaína.

En Druglord, Terrence Poppa consigna que los primeros vuelos clandestinos procedentes de Colombia aterrizaron en territorio mexicano a finales de 1984 y principios de 1985 en el aeropuerto de Ojinaga o en pistas ubicadas en ranchos aledaños, con mercancía producida por el cártel de Medellín. Estos vuelos, en conjunto con los que arribaron a San Miguel y Piedritas poseen el nada presumible mérito de ser los precursores de la escalada de introducción de cocaína a los Estados Unidos en la década siguiente.

Hablar de esplendor en referencia a la época que sucedió a la que Ford vivió sería irresponsable. El término puede usarse quizá como una metáfora en relación a la expansión desbocada de una actividad ilegal que ha teñido de sangre y luto a innumerables familias en ambos lados de la frontera. A Ford no le toco vivir esa época, o mejor dicho, le tocó vivirla de manera pasiva, guardado en una celda con suficiente tiempo de reflexionar sobre sus actos.

Al dar cuenta de ellos introduce a la literatura que se ha ocupado del narcotráfico en la frontera la única voz disponible al margen del periodismo, o de la Academia. El tercer hueco que Contrabando llena es el que hacía mención en su artículo el antropólogo Josiah McC. Heyman, un mundo por definición inaccesible para otros, a menos que se quiera publicar un libro en el más allá.

A Don Henry Ford le fueron concedidos tres dones al nacer: labrar el campo y criar animales; contrabandear cualquier mercancía y contar historias. En Contrabando DHF toma la pluma para narrar dos de sus facetas, la de agricultor y contrabandista de marihuana. Si quiere saber que tipo de sociedad mercantil ha mantenido realmente a flote económicamente a México, venga conocer a los campesinos mexicanos con quienes Ford hizo alianza. Salude a policías empantanados en la corrupción. Enfrente al ejército. A la muerte. Si quiere entender por qué hay montones de ciudadanos estadounidenses enterrados en la frontera mexicana –sin que a nadie le importe un bledo–, Contrabando es la Biblia. Es el único documento disponible, imbatible, con la voz y vivencias de alguien que haya pernoctado en las oscuras entrañas del negocio, a menos, desde luego, que Amado [Carrillo] resucite y nos cuente los pormenores de su vida.

Contrabando
Confessions of a Drug-Smuggling Texas Cowboy
Don Henry Ford
El Paso, Tx., USA, Cinco Puntos Press, 2005.
ISBN:0938317857

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