Erase un lugar de ambiente

Dos años después, el Noa Noa queda aun en un recuerdo donde por el momento, nadie más irá a bailar.
 
La víspera del sábado 21 de febrero de 2003, el cantante y compositor Alberto Aguilera Valadez sorprendió con una noticia al público que sintonizaba La movida del Festival, en Viña del Mar. Su pena era evidente cuando habló de la forma en cómo un incendio de horas destruyó el club nocturno en donde inició su carrera musical, tres décadas atrás.

“Esta es una noticia muy triste”, dijo. “Siento mucha pena de hablar en pasado”.

Entonces, igual que hizo un día de nostalgia de 1978 cuando compuso la canción, interpretó el Noa Noa como un homenaje que reitera su origen y le da coherencia a su fama de hombre agradecido.
Una sociedad distante a Ciudad Juárez, la cuna del centro nocturno, pareció acompañarle en su duelo no sólo desde el otro lado del televisor. El día de su presentación en la Quinta Vergara los asistentes se unieron a los honores rendidos por Juan Gabriel, mientras que el dueño del Noa Noa era un testigo emocionado ocho mil kilómetros al norte.

“Ese homenaje es algo de lo que siempre voy a estar agradecido porqué llegó en un momento en verdad triste para mí, y porqué sé que lo hizo con el corazón”, dice David Bencomo, el propietario del club, mientras reposa en la barra del bar Yanky’s, también suyo, erigido a unos 300 metros de lo que fue el Noa Noa, sobre la misma avenida Juárez.

Bencomo es uno de los más notables empresarios de la noche que hay en la ciudad. Desde mediados del siglo pasado consolidó bares y cabarets en los que actuaron no solamente artistas de renombre local, sino cantantes y bailarinas cuya fama trascendió las fronteras del país.

Pero ninguno de sus negocios fue tan emblemático como el Noa Noa. Era ahí el lugar en el que por años los buscadores de diversión se daban cita, y en donde incluso los empleados de otros clubes terminaban la noche. Los músicos locales que se presentaban eran por tanto lo mejor del circuito.

Su fama, sin embargo, se constreñía al ámbito local.

“El Noa Noa era un cabaret bastante afamado en la ciudad desde que abrió sus puertas, a principios de la década de 1960”, dice Filiberto Terrazas. “Pero su fama mundial, o por lo menos la fama en Latinoamérica, la obtuvo a partir de la canción que compuso Alberto. No antes”.

Terrazas habla con conocimiento de causa. Él fue abogado de los dueños originales del local donde operó el Noa Noa, y con los años se convirtió en el consejero legal de Alberto Aguilera Valadez, de quien incluso escribió su primera biografía.

“Esos años ya pasaron: la vida nocturna que le dio un marco perfecto puede que haya terminado desde muy tempranos los años 70’s. Sin embargo, debe decirse que hasta el incendio que lo destruyó, el Noa Noa fue siempre un lugar diferente, con éxito. Y eso es mucho decir”.

DULCES MOMENTOS DE AYER

Hasta 1971 Ciudad Juárez fue una especie de paraíso no sólo para quienes se aventuraban en las noches. Lo era también para quienes acordaban disolver compromisos nacidos en los excesos de esas aventuras.

Los divorcios al vapor le dieron a la ciudad su estatus de zona libre. Después de Las Vegas, Juárez era el destino preferido en miles de kilómetros a la redonda. Las visitas de extranjeros eran tan comunes que el inglés predominaba como lengua en los restaurantes y centros de diversión.

El Noa Noa abrió sus puertas en 1963, mucho antes de que comenzara el declive, justo cuando se prohibió la disolución inmediata del matrimonio.

Igual que en los años previos, la oferta de los empresarios era diseñada exclusivamente para atender los gustos de los turistas. Los 60’s fueron tocados por el brazo del Rock & Roll, y el Noa Noa, lo mismo que su competencia, no pudo sustraerse de los dictados de la moda.

Grandes bandas y solistas que cantaban en réplica exacta los éxitos de The Beatles o Rolling Stones, de Yardbirds o Poul Anka, dominaban la escena.

“Fue una época muy bonita. La avenida Juárez se llenaba todo el fin de semana. Era muy común ver a los músicos con sus instrumentos caminando por la banqueta entre la gente que recorría los bares y los cabarets. Y bueno, todo en aquellos años era Rock & Roll”.

José Arreola fue el bajista excepcional de los Big Dreamer’s, una legendaria banda local que alternó sus presentaciones en el Noa Noa al lado de los Prisioneros del ritmo y Los monarcas. Fue excepcional porque todavía hoy, 30 años después, muchos lo recuerdan como el inmejorable intérprete de Lucille, de Little Richards.

Arreola hoy tiene 57 años. Es medio día de domingo y viste un short, sandalias y una playera en color púrpura. Del cabello oneroso de aquellos tiempos queda únicamente el recuerdo: ahora es canoso, corto y bien peinado, tal como corresponde a su condición de músico romántico, de primera guitarra del trío en el que toca.

“Llegar a presentarse en el Noa Noa era como alcanzar el éxito”, dice. “Ahí estaban los mejores y estaba también el mejor ambiente. Era un ambiente que se terminaba hasta que amanecía, porque todos los músicos, meseros, cajeras, todos terminábamos ahí”.

Era la vida y el ambiente que embriagaba al adolescente Alberto Aguilera. El fantástico mundo que quiso perpetuar en los acordes del que probablemente fue el éxito más grande que produjo en sus primeros diez años de carrera. Un mundo al que siempre quiso pertenecer y al que no le fue fácil entrar. Acá todos recuerdan cuando lo echaban del Noa Noa debido a su minoría de edad, y todavía hay quien se asombra, como si fuera una quietud el tiempo, del éxito de Juan Gabriel.

LUGAR DE AMBIENTE

“Alberto aprendió desde muy chico a vivir de noche. Era muy común verle caminar por los alrededores de la avenida Juárez con su guitarra en la mano. Y así llegaba a todas partes a pedir que le dieran oportunidad de cantar”.

Filiberto Terrazas construye los recuerdos basado en su memoria y en las anécdotas que el mismo Juan Gabriel le ha contado. Es un asiduo visitante del Juárez de hace tres décadas, como suelen serlo quienes vivieron esos años que hoy les saben a gloria.

Alberto Aguilera es otro de ellos, dicen quienes lo conocen: siempre que evoca el pasado lo hace con un grado de nostalgia extraordinario. No deja de viajar a la ciudad de sus inicios cuando conversa, y al hacerlo seguramente anula los transes amargos.

“Juan Gabriel era un muchachito que andaba siempre con su guitarra pidiendo una oportunidad para cantar. Pero ningún empresario quería a alguien que cantara baladas en español, y menos que fuera menor de edad. Todo lo que querían eran intérpretes de rock y evidentemente le cerraban las puertas”, dice sin dulzuras José Arreola, el bajista de los Big Dreamer’s.

Pero el Noa Noa estaría pronto a los pies de quien lo convirtió en uno de los más legendarios centros nocturnos del continente.

En esos años las leyes mexicanas establecían la mayoría de edad hasta los 21 años para los solteros, y hasta 18 entre quienes habían contraído nupcias. Alberto Aguilera tenía 16 años cuando pretendía penetrar al circuito de los bares y cabarets de la ciudad.

Meses de perseverancia hicieron que Bencomo finalmente aceptara darle oportunidad para cantar. A los 17 años subió al escenario acompañado por su grupo favorito, Los prisioneros del ritmo, e interpretó clásicos como Yo te amo y Adoro, en versiones un poco rocanroleras.

Es algo que siempre agradeció. El Noa Noa fue un escenario principal en la variedad nocturna, y por él desfilaron las máximas figuras de ese mundo: Toña La negra, Tongolele, Irma Serrano, La princesa Lea, Los bribones, Fernando Fernández.

La simbiosis, sin embargo, era con él “Recuerdo que una noche, en 1980, poco tiempo después de que el Noa Noa era un hit comercial, Juan apareció de improviso en el local. Nadie se lo esperaba, porque fue un gesto espontáneo. Y la gente lo ovacionó durante algunos minutos”.

David Bencomo es una especie de padrino musical y como tal entiende que Juan Gabriel es por mucho el más representativo de los hijos del Noa Noa. A la primera reinauguración, tras un incendio en 1981, el artista acudió en calidad de padrino. Los roles se habían invertido en un tiempo relativamente breve y no hubo dudas de la profunda identidad entre el cabaret y el cantante: esa vez, sin promoción, unas cinco mil personas se arremolinaron a las afueras del centro.

Se trata de una identidad que aumenta conforme pasa el tiempo.

El 14 de noviembre de 1999 una multitud aguardó impaciente el recorrido que haría Juan Gabriel de su residencia, en la avenida 16 de Septiembre, al Noa Noa, distante a tres kilómetros con rumbo al poniente.

Era una gran fiesta popular. El hijo predilecto de la ciudad había sido elegido por las autoridades para apadrinar el Paseo de las luminarias, un proyecto que jamás prosperó. Era un día frío, con una temperatura que cristalizaba el agua, pero nadie pensó siquiera en posponer el espectáculo.
En el trayecto se esparcían unas 20 mil personas, y sobre la avenida, frente al templete levantado a las afueras del Noa Noa, otras 30 mil querían verlo y escucharlo cantar.

El acto fue aprovechado para una segunda gran reinauguración del centro nocturno. En su interior, resguardados del frío, esperaban también El loco Valdez, Jaime Moreno y el comediante Enrique Cuenca.

Juan Gabriel subió a la plataforma de un tráiler blanco adornado con flores, y acompañado del mariachi Arriba Juárez inició el recorrido más alegórico que jamás se haya presenciado.

Juan Gabriel llegó a las 2:40 de la tarde al Noa Noa. Plasmó sus huellas en una plancha de concreto y efectuó un recorrido por el local remodelado. En las paredes colgaban fotografías de sus inicios, y a la entrada, dentro de una vitrina, se hallaba el traje que usó con el que cantó en Bellas Artes.

“El incendió acabó con todo eso”, dice Bencomo, quien ese día era el más feliz. “Se perdieron muchas cosas que no volverán a recuperarse, pero se quedan los recuerdos y las ganas de salir adelante. Porque el Noa Noa seguirá existiendo”.

Bencomo llegó a su negocio al medio día del 17 de febrero. Como solía hacerlo, accionó el interruptor para encender la luz, y produjo un corto circuito detrás de la barra de madera. El fuego se avivó en segundos. Salió del local para llamar a los bomberos, pero mucho antes de que llegaran el fuego había consumido el interior.

Las pérdidas fueron totales. Los daños se estimaron en un millón de dólares.

Juan Gabriel recibió la noticia al día siguiente, cuando ya se encontraba en Chile. Nadie quien lo conozca considera que su duelo fue falso. En realidad, dicen, el siniestro le dejó la pena profunda de una pérdida irreparable.

“El Noa Noa fue para Alberto como la plaza en la que un torero toma la alternativa”, dice Filiberto Terrazas. “Fue su mundo, el lugar en el que nació como artista. Y sin duda querrá volver”.

Bencomo dice que iniciará con la remodelación del centro antes de que termine el año. Imagina una tercera reinauguración con Juan Gabriel presente. Cuando eso ocurra será algo grandioso. Al menos eso cree.  Y todos irán de nuevo a viajar por el tiempo.

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