El sorprendente poder formativo de la música

Todo el universo, en sus diversos estratos, se asienta en el poder de las relaciones. Por su parte, la música es toda ella relación; no se basa en notas, sino en intervalos, que son el impulso que lleva a pasar de una nota a otra, y con intervalos se configuran temas, y, a base de entrelazar temas según las distintas formas musicales, se componen los grandes edificios sonoros…

Entrevista con el profesor Alfonso López Quintás

(ZENIT.org).- Ver por dentro –de forma creativa– el proceso de interpretación y el de audición de la música revela en ésta una fuente inagotable de formación humana.

Es la constatación que ha llevado al profesor Alfonso López Quintás a publicar un nuevo libro: «Estética musical. El poder formativo de la música» –Rivera Editores, Valencia, 2005 (www.editores.riveramusica.com)–.

Catedrático emérito de Estética en la Universidad Complutense de Madrid, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y de «L’académie internationale de l’art» (Suiza), López Quintás es fundador del proyecto formativo «Escuela de Pensamiento y Creatividad» –difundido en España e Iberoamérica– y profesor de los cursos de doctorado de música en la Universidad Autónoma de la capital española.

Más de cuarenta obras ha publicado sobre temas de filosofía, pedagogía, creatividad y arte. Sacerdote de la Orden de la Merced, López Quintás busca con sus trabajos descubrir y promover la capacidad creativa del ser humano a fin de lograr un desarrollo pleno de su personalidad.

Zenit le ha entrevistado sobre su nueva aportación en el ámbito de la música.

–En su nuevo libro usted relata que el gran violoncelista Pablo Casals, poco antes de morir, indicó que la humanidad todavía no sabe lo que tiene al poseer el don de la música. ¿A qué cree que aludía?

–López Quintás: Tuvo sin duda ante la vista el papel ennoblecedor y consolador que juega la música en nuestra vida. Pero es posible que profundizara todavía más y considerara que la experiencia musical nos insta a vivir de modo relacional y penetrar en el enigma de la realidad.

–¿Qué hace de la música una invitación a vivir de modo relacional?

–López Quintás: Hoy sabemos, por la Física de las partículas elementales, que la materia se resuelve, en última instancia, en «energías estructuradas», es decir, relacionadas. «La materia –escribe el físico canadiense Henri Prat– no es más que energía dotada de «forma», informada; es energía que ha adquirido una estructura». Todo el universo, en sus diversos estratos, se asienta en el poder de las relaciones. Por su parte, la música es toda ella relación; no se basa en notas, sino en intervalos, que son el impulso que lleva a pasar de una nota a otra, y con intervalos se configuran temas, y, a base de entrelazar temas según las distintas formas musicales, se componen los grandes edificios sonoros. Por eso cada elemento del edificio musical remite a todos los demás. Cuando entramos en contacto con los materiales sonoros, vibramos con los otros siete niveles de la composición. De ahí que, al vivir intensamente ese carácter relacional de las composiciones musicales, nos parezca asistir a la génesis del cosmos, porque sentimos vivamente el poder de las relaciones.

–Su libro comienza con una descripción de las categorías griegas y las categorías generales: armonía, simetría, lo cómico, lo gracioso, lo sublime, lo trágico… ¿También orienta este análisis desde el punto de vista relacional?

–López Quintás: No hay más remedio, si se quiere ser fiel a la realidad de la experiencia estética. Los griegos no sólo cultivaron genialmente los diversos géneros artísticos: la pintura, la escultura, la arquitectura, la música, la literatura… Se detuvieron a reflexionar sobre la forma de «crear obras en la belleza», como decía Platón. La Venus de Milo se ve extraordinariamente elegante y bella. Analizándola con los recursos de la matemática, se descubre que está configurada conforme a las dimensiones de la llamada «sección áurea» o «número de oro». Los griegos descubrieron que si se divide una superficie conforme a una determinada proporción se obtiene un resultado muy valioso estéticamente. Ya está aquí operante la relación. Hoy sabemos que la belleza del Partenón se debe a su armonía, y ésta se obtiene vinculando dos cualidades: la proporción y la medida. La proporción es una relación determinada entre las diferentes partes del edificio; la medida es el ajuste entre todo el edificio y la figura humana, tomada como canon. La relación se revela como la raíz de la belleza.

–¿Sucede lo mismo con las categorías estéticas modernas?

–López Quintás: También ellas son relacionales. La comicidad surge, casi siempre, cuando hay una caída de un nivel superior a otro inferior. La gracia, en cambio, implica un ascenso, un salto hacia arriba. Siempre es la relación la que funda el carácter estético de nuestras acciones. Lo sublime es aquello que, por su grandeza, nos invita a elevarnos. Si nos causa pavor, no podemos adoptar la distancia de perspectiva que implica toda experiencia estética. El pavor tiene que ser sustituido por el asombro. Entonces captamos la relación que se da entre la realidad magnífica que nos apela y nosotros que somos invitados a elevarnos a una alta cota de realización.

–¿Qué aspectos subraya especialmente en la Estética musical?

–López Quintás: Expongo los principales temas relativos a la expresividad musical: el lenguaje de la música y sus recursos, su capacidad de glorificar lo sensible y a la vez trascenderlo, el enigma de la inspiración, los ocho niveles de realidad que integran cada obra de calidad… Resalto de modo especial el proceso de interpretación y el de audición, porque, vistos por dentro, de forma creativa, constituyen una fuente inagotable de formación humana. Empiezo a oír el «Requiem» de Mozart. Al principio me sorprenden gozosamente las armonías sombrías de la breve introducción orquestal, pero, al entonar el coro las palabras «Requiem aeternam dona eis Domine» («Dales, Señor, el descanso eterno»), quedo sumergido en un ámbito de súplica entrañable, en el cual siento a la vez el estremecimiento ante la hora definitiva, la confianza en el Padre, la esperanza de la vida eterna. Estos sentimientos se incrementan cuando el coro insiste en el adjetivo «aeternam» en oleadas ascendentes. No me extraña que el gran físico contemporáneo Stephen Hawking haya manifestado que, si pudiera llevar algo consigo al morir, elegiría el «Requiem» de Mozart. En verdad, debemos confiarnos a estos auscultadores geniales de la grandeza potencial que albergamos los seres humanos.

–Desde el punto de vista formativo, la experiencia de interpretación parece más enriquecedora que la audición.

–López Quintás: Suele suceder, ya que el buen intérprete no repite la obra; la vuelve a crear desde su peculiar sensibilidad. Al principio, lee despacio la partitura; estudia nota a nota la digitación debida; analiza las diversas frases y las ensambla. Mientras realiza esta labor de ojeo de la obra, su interpretación es tanteante y premiosa, carente de soltura y libertad interna. A fuerza de ensayos, las formas se perfilan a través de la fronda de las notas, cobran cuerpo, se articulan unas con otras. Al configurar de este modo la obra, el intérprete gana una creciente libertad. Ya no está preso en la partitura. Ésta va pasando a un segundo plano a medida que las formas se hacen presentes. El intérprete sigue poniendo en juego todos sus medios técnicos: conocimientos musicales, agilidad mental, fuerza muscular…, pero todos ellos se vuelven transparentes al convertirse en vías abiertas a la expresión musical.

En este momento, estamos tentados a decir que el intérprete «domina» la obra en cuanto «se deja dominar» por ella. Pero este lenguaje es inadecuado a un proceso creativo como es el de la interpretación musical. Lo justo es decir que el intérprete configura la obra en cuanto se deja configurar por ella. Es una experiencia reversible, de doble dirección. El intérprete se encuentra en su elemento, en su hogar espiritual, cuando convierte la obra en una voz interior, se deja llevar por su ritmo y llenar de sus armonías. Al serle totalmente fiel, se siente plenamente libre, con libertad creativa. Al deslizarse por las avenidas de la obra, siente que la obra se identifica prodigiosamente con él, es re-creada por él y le es, sin embargo, trascendente. Por eso admite interpretaciones diversas, que se contrastan y complementan.

La capacidad formativa de la experiencia musical nos muestra que, al actuar creativamente en la vida, podemos asumir normas que nos vienen de fuera sin perder nuestra verdadera libertad. Al ser fieles a la partitura –que encauza nuestra actividad–, y crear nuevamente una obra, mermamos un tanto nuestra libertad de maniobra –nuestra capacidad de actuar arbitrariamente–, pero nos sentimos más libres que nunca en cuanto a la libertad creativa, que es la auténtica libertad humana. Una vez configurada perfectamente la obra, lo sensible y los medios técnicos cobran todo su valor, pero no se hacen autónomos; se hacen transparentes para dejar que la obra se manifieste en todo su esplendor.

–¿Cómo incide todo este proceso en la formación de la inteligencia humana?

–López Quintás: Esta transparencia de los medios expresivos hace posible entrar en relación de presencia inmediata con las obras. Y esto colabora a perfeccionar nuestra inteligencia. La música nos insta a no quedarnos en los valores inmediatos, sino a trascenderlos hacia las realidades a las que remiten. Aprendemos así a dar a nuestra inteligencia las tres condiciones de la madurez: largo alcance, comprehensión, profundidad. Al oír ciertos sonidos, pasamos más allá y captamos su peculiar expresividad y las formas que ellos configuran; así superamos la miopía intelectual. Oímos al mismo tiempo distintos sonidos y los aunamos en diversas melodías y armonías; de este modo superamos la unilateralidad en el mirar y pensar. Al hacer esto penetramos en el sentido del conjunto, en los diversos ámbitos de vida humana expresados en la obra. Superamos de este modo la superficialidad en el pensar.

–¿Están reñidas, en el ámbito musical, la solidaridad y la independencia?

–López Quintás: La experiencia musical, por ser eminentemente creativa, nos muestra que la solidaridad y la independencia no se oponen, se potencian. Son dos niveles de realidad y de conducta distintos. En una obra polifónica, cada cantor –tenor, bajo, soprano, contralto– goza de total independencia respecto a los otros. Ninguno puede inmiscuirse en su tarea. Pero cuando empieza a cantar, presta suma atención a la actividad de los demás, atempera su volumen y su ritmo al de ellos, aviva la sensibilidad para crear un tejido sonoro armónico y equilibrado. El que adopta una actitud creativa no intenta dominar a nadie e imponerse. Al contrario, se cuida de promocionar a los demás y resaltar sus cualidades, pues la riqueza del encuentro es proporcional a la calidad personal de quienes se unen.

–¿Puede servir la música a la búsqueda de sentido en la vida?

–López Quintás: En el proceso formativo juega un papel decisivo la búsqueda de sentido. Cuando colmamos la vida de sentido, podemos decir que estamos básicamente formados. Y en esa tarea la música de calidad juega un papel decisivo. Oyes una buena interpretación del «Concierto para clarinete y orquesta» de Mozart y sientes la emoción de la pura belleza, el equilibrio perfecto, el diálogo soberano en el que diversos instrumentos potencian sus posibilidades al conjuntarse. Si al terminar la audición, alguien te preguntara si la vida tiene sentido, posiblemente dirías que ha valido la pena vivir hasta ese momento para poder participar de esa cumbre del arte. En la valía suprema de un instante puede medirse la grandeza de toda una vida, al modo como la magnitud de una cordillera es medida por la altura del pico más elevado. En nuestra vida el sentido viene decidido por las cimas que alcanzamos, de forma que un único momento puede dar pleno sentido al decurso vital anterior.

–Las ideas estéticas que expone en el libro ¿las aplica a obras concretas de grandes compositores?

–López Quintás: Analizo a su luz obras de altísima calidad, como la «Novena Sinfonía» de Beethoven, el «Don Giovanni» y «La flauta mágica» de Mozart, el «Tannhäuser» de Wagner. Con el método seguido en el libro, estas obras muestran una profundidad sorprendente.

–Si se vive la música como mera evasión, entonces se distanciaría de su poder formativo y del contacto con la realidad…

–López Quintás: Sin duda. Por eso subrayo en la obra que la música, además de procurarnos experiencias emotivas, nos ayuda a incrementar la madurez personal: la capacidad de pensar con amplitud y profundidad, ser creativos incluso en las actividades más sencillas, promover una auténtica «cultura del corazón», ejercitar una forma de libertad creativa. Hacerlo ver de modo sugerente fue mi propósito al escribir, con un punto de emoción, este compendio de «Estética musical». Espero que el lector concluya su lectura con la satisfacción de ver la música con ojos nuevos y una estima inmensamente superior.

También podría gustarte Más del autor

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.