El México del despotismo

Cuando hace 23 años la escritora poblana Angeles Mastretta publicó su novela Arráncame la Vida, se convirtió rápidamente en un best seller. Era una apasionada historia centrada en un personaje atrayente: Catalina Guzmán, amante a los 16 años y posterior esposa del general Andrés Asencio, militar revolucionario gobernador de Puebla, secretario de Comunicaciones y aspirante a la Presidencia de la República, cuya celebridad se debió a su figura autoritaria, un cacique matón que era en realidad el retrato del extravagante Maximino Ávila Camacho. ( texto inicialmente publicada el 10 diciembre 2008) El éxito se debió, además de la fluidez expresiva, a que conjugaba una intensa historia de una relación de pareja que transita por diferentes etapas, del amor y la pasión al rencor y el odio, con dosis de intriga política, pero sobre todo, a que trazaba un cuadro cargado de frescura del México posrevolucionario en los 30 y 40, cuando se consolidaba el dominio del régimen de partido y cuando bajo el discurso demagógico, la corrupción y la impunidad, nace el Partido Revolucionario Institucional.

Mi paisana Mastretta pintaba, con soltura y chispa, un espejo social de la época y de las familias mexicanas, lo que mucho despertó un aire de nostalgia. Ahora, el chilango Roberto Sneider, quien en 1995 mostró buen talante en la eficaz adaptación de la novela de Jorge Ibarguengoitia, Dos Crímenes, traslada a la pantalla, en la que es apenas su segunda película, esta enriquecedora historia literaria.

El resultado es bastante satisfactorio. Al igual que la novela, estamos frente a una cinta que se disfruta, captura el interés del espectador y gusta a todo tipo de público, lo cual no es fácil de lograr. Con un costo de 6.5 millones de dólares, se trata de la producción más costosa en la historia del cine mexicano y seguramente se convertirá en la más taquillera.

Sneider tiene el buen tino de conservar la esencia novelesca, enfocándose en el personaje central femenino.

Aunado a su innegable habilidad narrativa, se decide por una estructura cronológica lineal y en su propia sencillez radica su cualidad. La producción se beneficia
con una correcta dirección de arte, que ofrece una precisa recreación de la época.

La cinta transmite, como un manifiesto realista, las contradicciones del México posrevolucionario, la transición de los gobiernos de militares a presidentes civiles, la falta de libertades democráticas y el despotismo en la vida política. Pero va más allá: es también un valioso testimonio de machismo, de un hombre autoritario no sólo en sus relaciones de poder, familiares y amorosas, sino en su vida misma, con capacidad para la amabilidad, socialmente seductor, pero con ideas misóginas arraigadas en lo más profundo de su ser.

En ese sentido, el filme cumple su objetivo con eficacia. Sin embargo, hay que evitar caer en el elogio desmedido. La crítica, como la caridad, debe comenzar por casa. Prevalecen algunas debilidades y carencias: hay diálogos que en ciertos momentos lucen excesivos, si los miramos bajo la óptica del contorno social de las mujeres burguesas de la sociedad poblana, y en particular, se da un pobre desarrollo de un personaje relevante: el del músico Carlos Vives, lo cual contrasta con la solidez con la que están abordados los dos personajes centrales.

En su interpretación como Vives, desluce José María de Tavira. Por el contrario, destaca el desempeño de Daniel Giménez Cacho y la guapa Ana Claudia Talancón, quien a los 28 años se consolida como figura de nuestra cinematografía. Conocida por su papel en El Crimen del Padre Amaro, ha dado el brinco a Holllywood con Una Llamada Perdida y El Amor en los Tiempos del Cólera.

Pero sin duda, el balance global es positivo. Estamos frente a una muy meritoria obra de calidad, la mejor del cine mexicano de la presente década, si exceptuamos la vibrante Amores Perros, del año 2000, y la coproducción filmada en España, El Laberinto del Fauno. A su lado, sólo  algunas películas destacadas: Perfume de Violetas, De la Calle, la citada El Crimen del Padre Amaro. Cierto que se han dado proyectos interesantes, pero no redondos, como El Violín, Párpados Azules o la reciente Todos los Días son Tuyos, y en cambio, muchos, muchos filmes sobrevalorados que despertaron frustradas expectativas en el público.

Arráncame la Vida debe ser la obligada elección de la Academia del cine mexicano para representar a nuestro país en la próxima entrega de los Oscares, en la categoría de película extranjera. Sus posibilidades son buenas. Ojalá y los académicos no se equivoquen, como sucedió cuando en lugar de Como Agua para Chocolate, que era una apuesta fuerte para ser nominada, prefirieron La Tarea. Tomado de la revista La Nacion.

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