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Ciudad Juárez: Cinco historias

Ensayos

Ciudad Juárez: Cinco historias

En este texto, incluido en el libro “Violencia sexista. Algunas claves para comprender el feminicidio en Ciudad Juárez” (UNAM, 2004), el autor narra cómo de una u otra forma los homicidios obedecen “a los efectos de dos factores omnipresentes en la ciudad: las maquiladoras, con los ínfimos salarios que pagan y sus efectos sociales, y el narcotráfico, cuyos exorbitantes dividendos y violencia devastadora incide en la vida diaria. Ahí, todas las formas de violencia se entrelazan: la violencia entre pandillas emparentada con la del narcotráfico, y la violencia –económica y física– contra la mujer en medio de ambas”.
 
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En el año 2000, cuando la expansión de la industria maquiladora se encontraba en su clímax en el país, Ciudad Juárez era el paradigma de esa actividad económica. Más de 200 mil productos de las industrias automotriz; electrónica; computacional; bélica y espacial, entre otras, eran manufacturados o subensamblados en unas 400 maquiladoras por una planta laboral de 250 mil trabajadores; cada tres segundos se producía un televisor, cada siete segundos una computadora. Con la llegada de la industria maquiladora hace tres décadas y media, Juárez se convirtió para los gobiernos de Estados Unidos y México, en el modelo a seguir para la futura reducción de aranceles a insumos y mercancías.

Lo que a mediados de los años sesenta había empezado con pequeñas modificaciones a leyes aduaneras en ambos países, se consolidó en 1994 con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, en inglés), instrumento que proveyó de certeza legal a los corporativos manufactureros estadounidenses, y que propició un éxodo masivo de compañías hacia México en busca de mano de obra barata. Al fin del milenio se encontraban instaladas en territorio mexicano tres mil 700 factorías extranjeras, la mayoría estadounidenses; el 80% de ellas ubicadas a lo largo de la frontera norte.

La aparente bondad de este esquema, tanto para el país como para la ciudad, se manifiesta a través de estadísticas oficiales triunfalistas, pero de lectura dudosa. Juárez ha mantenido por años un índice de desempleo alrededor del uno por ciento, aunque con los salarios manufactureros más bajos del hemisferio. Una trabajadora en la línea de producción percibe el equivalente a unos cinco dólares por día, mucho menos de lo necesario para alcanzar un desarrollo humano suficiente para ella o su familia; el 40% de los habitantes de la ciudad vive en la pobreza, dentro de una ciudad que les provee de infraestructura escasa para revertir su condición. Unas 50 mil personas provenientes de diferentes estados del sur de México llegan anualmente a Ciudad Juárez, y la población alcanza los dos millones de personas.

Esta es la fuerza laboral que engrosa las estadísticas macroeconómicas de México. Casi la mitad de las exportaciones manufactureras mexicanas se atribuyen a la industria maquiladora, a pesar de que los insumos estrictamente nacionales para esta contabilizan apenas el 2.8%. El resto es producto del capital y la tecnología extranjera, mexicanizado por las reglas de origen del TLC. México exporta mano de obra barata, disfrazada de manufactura de clase mundial.

Después de cuatro décadas de vivir una economía globalizada, los resultados están a la mano: la planta productiva de Juárez reportó en el año 2000 ingresos por 16 mil millones de dólares,[1] más que las divisas captadas en el mismo periodo a nivel nacional por el turismo, 8 mil 300 millones de dólares,[2] o que las remesas enviadas por paisanos hacia México, 6 mil 500 millones de dólares.[3] Ese año la federación recaudó 1 mil 400 millones de dólares en impuestos directos en el municipio de Juárez. A pesar de que cifras similares se han dado año con año, el 60% de las calles de la ciudad se encuentran sin pavimentar, y el número de escuelas es superado por el de bares, cantinas y discotecas; las guarderías infantiles son insuficientes; el sistema de transporte público es primitivo; la infraestructura cultural inexistente; y la inseguridad rampante. Juárez es el perfecto ejemplo de una economía fantasma, donde la enorme riqueza que es generada ahí no toca a aquellos que la producen.

La masiva incorporación de la mujer desde los años sesenta a las líneas de producción de las maquiladoras, sin la infraestructura social adecuada y con salarios insuficientes ha sido el detonante para la propagación de grupos pandilleros en la ciudad. Del promedio de 300 homicidios que se cometen anualmente en Juárez, el 40% se debe a estas bandas, que utilizan en su mayoría armas de fuego para realizarlos. En 1994 la Procuraduría General de la República fijó en 30 mil millones de dólares anuales los ingresos por el narcotráfico; poco tiempo antes, Carlos Salinas de Gortari los había estimado en 100 mil millones de dólares por año. En ese tiempo se exporta desde Juárez el 60% de la cocaína que se consume en los Estados Unidos. Juárez además de ser fundamental para el esquema económico globalizador en el mundo es la sede del cártel exportador de cocaína más prominente.

En los últimos diez años, por ajustes de cuentas, los asesinatos entre narcotraficantes suman miles en la frontera norte. Sólo en Ciudad Juárez, sin contar las cuantiosas ejecuciones callejeras, el número de desaparecidos por comandos armados de narcotraficantes o por corporativos policíacos bajo sus ordenes se equipara en cantidad al de mujeres asesinadas por diferentes causas. Los cientos de homicidios contra mujeres cometidos en Ciudad Juárez deben su causa fundamental, de una u otra forma, a los efectos de dos factores omnipresentes en la ciudad: las maquiladoras, con los ínfimos salarios que pagan a sus empleados y los efectos sociales que ello conlleva, y el narcotráfico, cuyos exorbitantes dividendos y violencia devastadora incide en la vida diaria de los habitantes de la ciudad. Juárez es un fenómeno social que ha tardado décadas en incubarse. Ahí, todas las formas de violencia se entrelazan, no existe una sin la otra: la violencia entre pandillas emparentada con la del narcotráfico, y la violencia –económica y física—contra la mujer en medio de ambas. Estas son cinco historias sobre Juárez. Hay miles similares.

1.- El amor en la zona de strike

Las sábanas y las paredes están manchadas de sangre, y cada objeto del apartamento se encuentra fuera de lugar. He llegado aquí por una chispa de intuición. Las puertas están abiertas y nadie ha impedido que penetre. Encuentro residuos de cocaína sobre una mesa, y esparcidas en desorden botellas de licor. La salida posterior de la vivienda da hacia una acequia, de donde se avista la estructura de una plaza de toros, la Monumental. Rasgaduras de tela revelan que una o varias personas huyeron por encima de la malla ciclónica que acota el afluente, y agentes de la policía municipal inspeccionan el lugar.

Era una mañana tranquila. O casi. Mi scanner se había detenido un poco antes de las ocho de la mañana en la radiofrecuencia 153.510 donde se ha escuchado la clave L-20, que en el código policíaco significa “golpeador de mujeres”. El reporte es menos que rutina, nada de cuidado para un fotógrafo que hace la pre guardia para un diario, un domingo cualquiera. Acaso la reacción que me produjo una ocasión previa fue la tarde cuando el radioperador había reportado “L-20 invertido”. Era divertido imaginar que la mujer golpeara a su marido y a la policía tratando de contenerla.

Mi oido esta afinado para rastrear las cifras relevantes para la cobertura noticiosa, y en mañana de domingo los hechos notables son escasos. X-35 significa “asalto”, algo nada factible cuando la mayoría de los negocios están cerrados, así que para la hora y el día,

L-70, la clave utilizada para referir un asesinato es la más probable de aparecer. Los cadáveres de hombres ejecutados por el cártel de Juárez son parte de mi rutina dominical. Pueden aparecer entre sembradíos del Valle de Juárez, encobijados como tacos humanos con la boca cubierta con cinta adhesiva dentro de la cajuela de un automóvil o incinerados enmedio de neumáticos.

No es así esta esta mañana. Son casi las diez, y el scanner sigue deteniendose en la misma frecuencia cuando los agentes tratan el asunto. Los radio operadores del Departamento de Bomberos y de la Policía Judicial del Estado siguen sin dar cuenta de novedades.

Los sectores en los que está dividida la estructura de la seguridad pública son cinco: sector Delicias al poniente, compuesto por un vasto conjunto de colonias con calles en su mayoría sin pavimentar y con servicios públicos deficientes; sector Chihuahua, al surponiente, en condiciones similares y con el Parque Industrial Juárez bajo su responsabilidad; sector Babícora al sur, un área urbana donde se alternan viviendas de interés social con naves industriales y franquicias estadounidenses; sector Cuauhtémoc, donde caben por igual zonas residenciales como el Campestre Juárez, así como los parques industriales Antonio J. Bermúdez y Río Bravo, al este de la ciudad.

El despacho del L-20 proviene deAldama, el sector ubicado al centro de la mancha urbana, y que abarca varios de los sitios más representativos de la ciudad, entre ellos la vieja Misión de Guadalupe; la Aduana Fronteriza; el templo de San Lorenzo y los puentes internacionales. En contraste y no menos emblemáticos pueden citarse a los centros nocturnos erigidos durante varias épocas dentro de esa zona citadina. Una generación importante de negocios dedicados a este giro tuvo su apogeo con la irrupción de la música disco, a mediados de los setenta.

Estos debieron su fama primordialmente al incansable ritmo de una ciudad que evitaba dormir, y a los juegos de luces y sistemas de sonido que propiciaban el despliegue de un inusitado ambiente sobre sus pistas. El primer discotheque en instalarse hacía alarde de ello en su publicidad: “Color and soundtrack, Ringo Discotheque”, decía el slogan. En la avenida Juárez una enorme esfera cristalina sobre un mástil de metal, iluminada desde su interior era la identidad del Cosmos Discotheque, un sitio ubicado a un par de cuadras del Puente Internacional Paso del Norte y frecuentado por militares estadounidenses apostados en el Fort Bliss.

La celebridad alcanzada por algunos de los que se asentaron en años posteriores radica en  una particularidad; el Amadeus es el pionero de esta modalidad, un discotheque enclavado en el corazón del Pronaf y cuyo propietario era el entonces capo del cártel de Juárez, Rafael Aguilar Guajardo. La Serata es una construcción con fachada de mármoles color salmón y grís claro. Una estatua femenina en mediocre imitación del estilo griego del periodo clásico remata la fachada, mientras una greca circular de color bronce con una estilizada “S” al centro se aprecia en sus ventanales inferiores. Su dueño fue el Señor de los Cielos.

Luego de la muerte de Amado Carrillo y debido a las recurrentes ejecuciones en restaurantes y bares del Pronaf, un periódico de El Paso, Texas, El Paso Times tuvo la delicadeza, dada la contundencia y certeza de los ataques de bautizar a esta área con un término de la jerga beisbolera: la zona de strike.

La razón social más auténtica y descriptiva de antro alguno se debe a una empresaria menos notoria, Rocío Agüero Miranda, una mujer de treinta y seis años. El bar Top Capos, de su propiedad, llevaba imbuido en su nombre de manera desenfadada y rotunda el espiritú que soplaba en la ciudad desde principio de los noventa. A finales de la década anterior las rutas de exportación de cocaína colombiana a territorio estadounidense a través de la Florida se habían atascado, y en tales circunstancias, al aumentar el flujo de mercancía por el territorio mexicano, la envidiable ubicación geográfica de Juárez la convirtió en la principal plaza exportadora de enervantes a los Estados Unidos.

Era 1996. Una madrugada de julio, Rocío fue vista por última vez. Meses antes había a dado a luz una hija producto de su relación amorosa con un hombre de 17 años que pertenecía a un grupo de roba autos llamado los Bimbos, que habían sido ejecutados luego de la pérdida de un cargamento de cocaína. Todo parece indicar que Rocío hacía perfecto honor a la denominación de su negocio, y que ella y su pareja intentaron jugar rudo con el cártel. Una semana después de que un grupo de hombres fuertemente armados la secuestró, los restos de Rocío inmersos en un barril de 200 litros rebosante de ácido fueron hallados, flotando en un canal. Los números de serie de los implantes de busto que se había colocado permitieron su identificación.

El pasado 7 de febrero, Rosa Camarena Rentería, propietaria del Tequila Frog´s ubicado en el area del Pronaf y esposa del ex agente de la Policía Judicial del Estado y presunto narcotraficante, Dante Poggio Hernández, fue rafagueada con un rifle de alto poder cuando viajaba en su lujoso automóvil Lincoln Town Car resultando ella y hijas menores milagrosamente ilesas.

Versiones no confirmadas señalan que el grupo de sicarios secuestraron en presencia de su familia a Poggio Hernández y que éste en realidad era el  objetivo del ataque.[4]

Ha transcurrido demasiado tiempo como para que alguien siga golpeando a su mujer, así que conduzco mi auto hacia el lugar donde se origina la señal. Algo me parece extraño. He estado escuchando sobre este L-20 mientras me duchaba, y durante el trayecto de mi casa al edificio del periódico, y las calles donde sigue reportándose no me quedan lejos. El diario para el que trabajo está justo en el núcleo de la que unos años más tarde será conocida como la zona de strike, y el lugar desde donde se reporta este L-20, también. Tomo por el Paseo Triunfo de la República y paso enfrente del restaurant bar Maxfim; después, al llegar a la avenida Plutarco Elías Calles sigo a la derecha.

Llego al sitio y observo que los residentes a cierta distancia miran con curiosidad. Las casas del vecindario están dotadas de cocheras eléctricas y rejas metálicas. A media calle, sobre la José Borunda se encuentran un par de patrullas y un hombre ensangrentado permanece encerrado en una de ellas. Voy de pieza en pieza haciendo fotos, y nada de lo que veo parece el producto de una leve riña conyugal. Rastros de sangre están por todos lados y el desorden es total.

El apartamento había sido rentado por un hombre para su sobrina que estudia en la universidad, me dice el rentero, un hombre que habita una vivienda contigua y que observó parte de los hechos. “Estudia y no des de que hablar”, le habría encomendado el tío antes de entregárselo. Por un tiempo todo indicaba que seguía el consejo del familiar. La noche anterior, la chica y dos amigas salieron a bailar.

“Como a las siete de la mañana”, dice mi informante, “llegó un grupo como de 15 hombres. Nunca  en mi vida había visto tantas armas juntas, vestían de negro y traían cuernos de chivo. Parecían federales”. 

Después de una noche de baile las mujeres habían decidido seguir la juerga en su casa, hasta el amanecer. El hombre recuerda haber escuchado sus risas y las de sus acompañantes masculinos al volver. Fue un acto casi mortal. Cuando poco tiempo después el grupo armado irrumpió en las habitaciones, la fiesta, o lo que fuera, terminó de tajo. Mientras los acompañantes ocasionales eran vapuleados, la chica del domicilio era golpeada y confrontada a gritos, violentamente pero con familiaridad por el jefe del comando. El hombre quería saber cual de ellos le pagaba a la joven la renta del apartamento.

2.- La frontera

Las esquinas de la calle, recta y polvorienta, empiezan a poblarse profusamente. Son las dos y media de la tarde en Rancho Anapra, la colonia juarense que se encuentra en el último rincón de Chihuahua, justo donde este estado colinda con Texas y Nuevo México. Los numerosos grupos de mujeres y hombres esperan los autobuses que los llevarán a trabajar a las maquiladoras. Son empleados del segundo turno. Un flujo humano similar se da bajo la densa oscuridad de las madrugadas, todos los días del año cuando los empleados del primer turno salen a trabajar.

He venido con Leonel, un fotografo del staff del periódico El Paso Times a buscar a Julia Caldera, una  mujer que vive ahí y cuya hija, María Elena, ha desaparecido.

Julia vive a solo unas cuadras al norte de la calle principal, donde a diario decenas de autobuses son abordados por la multitud de obreros. Han llegado a vivir a la colonia desde cada punto imaginable de la geografía del país, y se dirigen a las naves industriales de las trasnacionales, mayoritariamente estadounidenses establecidas en Ciudad Juárez.

La morada de Julia son dos cuartos de cartón y madera, cubiertos por un techo de dos aguas, desde donde se extienden hacia las paredes exteriores tiras de papel impermeabilizante en color verde. A la casa se entra por la cocina, un pequeño espacio que también hace las veces de sala y comedor. De ahí se accede por una puerta a la segunda pieza, luego de franquear una cortina que delimita ambas habitaciones. Esta última es un espacio menor a los 20 metros cuadrados, y funciona como recámara para Julia, su marido y sus siete hijos. María Elena es la tercera en su descendencia.

Desde que el tratado (de Libre Comercio de América del Norte) entró en vigor en 1994, las compañías de origen estadounidense han contratado a 660 mil trabajadores en México. En promedio, existen más de tres mil 400 maquiladoras con más de un millón de empleados. En total, estas producen un ingreso anual de 78.1 mil millones de dólares, de acuerdo con CEMEX-Wharton Econometrics Forecasting Associates.

Más de 100 de las 500 compañías de la lista de Fortune cuentan con plantas de manufactura en México. Entre los gigantes estadounidenses: Ford Motor Co., General Motors y su recien separada Delphi Automotive Systems Corp; Johnson Controls Inc., General Electric Co. y Lear Corp.

Las compañías como J.C. Penney y Sears venden productos que son ensamblados en la frontera.[5]

El domicilio de los Chávez Caldera no es una construcción fuera de lo común, por lo menos para esta zona de la ciudad. Aquí muchas casas se construyen con madera y cartón de desecho de las maquiladoras y las de sus vecinos no son la excepción. En la parte posterior a casa de Julia se levanta el cerro de la Santa Cruz, un promontorio que sirve de mojonera natural a la frontera entre México y Estados Unidos.

Se llega a Rancho Anapra siguiendo la ribera del Río Bravo hacia el oeste, bordeando las combativas colonias Fronteriza Alta y Fronteriza Baja. En medio de la glorieta del Arroyo de las Víboras se yergue un cilindro de concreto de unos 20 metros de altura, bautizado por el ingeniero que lo construyó como “el pito de King Kong”. De ahí se accede a una pendiente, la última parte pavimentada del camino. A los lados, varios yonkes sirven de preámbulo a lo que parece una instalación artística, hecha a base de viejas carrocerías de automóviles diseminadas irregularmente en las laderas de las lomas. Los pauperizados vecindarios juarenses pueden contemplarse facilmente desde la Interestatal 10, el freeway que conecta a Texas con Nuevo México y California.

María Elena recorría este trecho de noche, al volver del trabajo. A las dos de la mañana, su madre la esperaba en la calle principal de la colonia. Elena, de 15 años de edad, se empleaba como operadora de ADC International, y para conseguir el puesto había suplantado la identidad de su hermana Judith, dos años mayor que ella.

Las calles de Rancho Anapra más bien parecen brechas, donde los neumáticos de cualquier automóvil pueden hundirse irremediablemente en la arena del desierto. Un espectacular da la bienvenida a los colonos: “Que tengas un buen día”: Z Gas. No hay servicio de agua potable entubada y la red de  distribución de energía eléctrica va de casa en casa en cables de colores siguiendo las rodadas de los vehículos que circulan por la colonia.

Cuando Leonel y yo estamos a punto de tocar en casa de Julia, diviso a los alrededores. Al lado se encuentra un gran lote baldío en el que cabrían facilmente varias manzanas, y donde desemboca el camino por el cual hemos llegado, la calle Rémora. El terreno está cubierto por gobernadoras, aunque no es lo único que aparece sobre su superficie.

En su arista oeste descansan los restos de un par de automóviles, un Chevrolet rojo y un Chrysler al que no puede adivinársele el color, pues la capa de pintura ha sido sustituida por el óxido. Todos sus componentes mecánicos o accesorios han sido sustraídos. Al centro del predio, la mitad posterior de un automóvil cortada a hachazos y con los asientos raídos yace invertida. Todo parece indicar que el lugar, inaccesible y carente de alumbrado nocturno es paradisiaco para los desmanteladores de autos robados. A un par de kilómetros frente a la vivienda de Julia se levanta una famosa meseta arenosa conocida como Lomas El Poleo.

Los esqueletos de viejos autobuses, similares a los que transportan a los obreros hacia sus labores se encuentran abandonados a lo largo de la colonia. Un letrero, invariablemente pintado en la defensa de cada vehículo, en activo o inerme dice: ¿Vengo conduciendo mal? Reportame a Transporte Público 16-45-19. Es una flota constituida de vehículos caídos en desuso del sistema escolar estadounidense, a bordo de la cual una masa de más de 200 mil personas se desplaza diariamente a sus fábricas, desde unas 400 colonias de la ciudad. Anapra es sólo una colonia más.

En sus días de descanso, o cuando puede, Leonel cruza de El Paso hacia Juárez para cubrir por su cuenta un caso que el periódico donde trabaja ha desdeñado por años. Don Flores, el editor de El Paso Times ha dicho a un estudiante de periodismo, John M. Keller en relación a su criterio de cobertura sobre los homicidios de mujeres en Juárez: “No sé de alguien que haya probado, a nosotros o a cualquier otro, que cientos de mujeres han sido asesinadas y sus cuerpos arrojados al desierto. No sé si es un mito”.

En ese oeste, “ya no solo en Anapra sino en todo el poniente, hay 500 mil gentes olvidadas”, acusa (Jorge Urías Cantú, quien encabezó la Comisión para el Desarrollo del Poniente (Codep). Es la gente que todos los días cruza la ciudad para ir a trabajar, movimiento masivo que desquicia la ciudad, y no tienen más que una preparatoria y ningún banco”.[6]

3.- Corporativo del crimen

Camino casi por el borde del viaducto Díaz Ordaz, solo a unos metros del lugar donde tengo registrados los primeros recuerdos de mi vida. Pasé algunos años de mi infancia en la calle del 57. Hoy, andando por la vereda que instintivamente sigo cuando me dirijo al centro de la ciudad, me percato de que nunca me he apartado de este barrio, de que aún mis más frescas experiencias provienen de el.

A la orilla del sendero encuentro un par de jóvenes mujeres. Han dejado apenas la niñez. Una lleva su cabellera en color castaño, blusa de tirantes en negro y estampados y mini falda de la misma tela; la otra usa blusa blanca de manga larga y su cabellera hace juego con los ajustados jeans negros que definen su figura. Usan Zapatos con tacón alto y sus labios delineados en negro presumen un colorete marrón.

Sentadas sobre una banqueta de concreto, el placazo de la pandilla West Side sobre una barda con múltiples tonos de azul es una especie de aterrizaje en la realidad. En el tiempo de mi infancia la pandilla de los Yenkas controlaba un vasto territorio que comprendía varias colonias conocidas en conjunto como el Barrio Alto.

Ahora me desplazo por esas calles y los hechos son diferentes. Los Yenkas no existen más, y supongo que los precoces pandilleros actuales jamás supieron de su existencia: el Barrio Alto está atomizado, dividido en cinco territorios.

El lado oeste del viaducto, donde las jóvenes mujeres esperan la ruta es territorio de la West Side. Sus rivales naturales, con quienes los combates nocturnos a balazos se suceden cotidianamente están hacia el este de la vialidad. La zona donde pasé parte de mi infancia ha sido denominada Barrio Alto Reyna # 1. El placazo pintado sobre el jardín de niños Consuelo Aguilar Lozano es mucho más específico, al barrio se llama Barrio Alto Reyna # 1, MURDER Inc.

Karina, una mujer de unos 20 años conocía a detalle la actividad criminal de su barrio, asumía su rol al igual que cualquier hombre de su territorio. En Juárez el ideal feminista se cumple con suma frecuencia, a veces bajo condiciones y consecuencias indeseables. Vivía en la calle Bronce, en el corazón de la Barrio Alto Reyna # 1; pertenecía a la banda y por tanto compartía las victorias y los riesgos, controlaba su territorio y se internaba en otros. Eso la perdió. Saber, conocer, en ciertas circunstancias puede conducir a la fatalidad. Su hermana Lorena había resumido su destino en una frase: “sabía todo de la droga en el Noa, cuando entraba, cuando salía”. Karina terminó como muchas; sus restos en un baldío cercano a una maquiladora.

Enseguida de la MURDER Inc. y los West Side se ubican los Barrio Alto Chávez, un grupo que tomó su nombre de una tradicional tienda de abarrotes del lugar, acotados sus dominios hacia la calle Plomo por los Labio Seco, llamados así por su preferencia por el agua celeste. Los Leones y los Cacos 30 cierran la pinza hacia el norte, y al cruzar el viaducto Los Barrio Alto Brisa comparten vecindario en la colonia Juárez con los miembros de la mítica K-13. Los Barrio Alto Puente viven al centro de todas ellas.

La calle Mercurio es una especie de frontera. Una de tantas demarcaciones entre los territorios de las quizá 800 bandas o más que chocan entre ellas en la ciudad, pero esta línea tiene particular importancia: las pandillas del Barrio Alto se chocan con las de la colonia del Carmen, y no de una manera precisamente pacífica. Ahí ví una tarde al “Pelón”, un K-13 atacado a balazos por los Cacos, desplazarse al más allá. Meses después Chris, el corresponsal de CNN en México hacía un reporte sobre Juárez con una escena similar en la calle Mercurio como fondo de su encuadre.

“Aquí entre las calles Díaz Ordaz (dice Garduño), Viaducto, 16 de Septiembre, Barrio y Joaquín Terrazas, quedan encerradas las colonias Barrio Alto, Del Carmen y Arroyo Colorado. Vea, toca los clavillos, aquí están los “Cacos 30”, “Papalote”, “El Rey”, “La 21”, “Los Big Boy”, “Barrio Negro”, “La Piedra”, “La Reina”…todos con armas de fuego, puros de guerra”.

Al norponiente, el jefe policiaco a punto de cumplir los 70 años, treinta de ellos en la profesión, enlista: “La Quinta Loma”, “Los Moreros”, ·Home Boy”, “DDT (Diablos del Territorio)”, “Compas 13”, “Los Carmelos”, “El Refugio”, “Muertos 13”, “K 13”, “La Pradera” y los “Nazis”.[7]

Muchas noches al volver a casa he cruzado por ahí. En la esquina de Oro y Emilio Carranza hay un pushador asignado las 24 horas del día, todos los días del año. En otros picaderos alrededor la eficiencia es similar. El narcotráfico al menudeo es igual a una transnacional de alta productividad, que labora los tres turnos. La cuota a los municipales y federales se paga puntualmente. He visto a la patrulla del sector recoger en la calle Oro su cuota por protección, y a federales hacer lo propio en la Sarabia y Mercurio, frente a las ruinas de la Ferretería Guzmán.

En la K-13 el negocio es cuantioso, y no les es pertinente compartirlo. El color blanco de la cocaína, y el café de la heroína mezclados se transforman en color verde dólar americano. Vivir depende de ello, y muchas veces también morir. Una amiga que vive en la calle Emilio Carranza, aún dentro del Barrio Alto Brisa, me cuenta de una mujer que le roba a su pareja el producto de una venta. Son cinco mil dólares, y la regla es clara para el que se baña, y efectiva a todos los niveles. Desde el barón más poderoso hasta el pandillero anónimo, o para su esposa resentida, las cuentas se pagan con la vida.

Es mañana de domingo y un hombre ha salido a comprar burritos, su nombre es Alfredo. Viste camiseta gris de tirantes, short verde olivo y huaraches de cuero negro con calcetines blancos de algodón. Lo he encontrado al cruzar el puente de la Ramón Aranda luego de abandonar la K-13 para adentrarme al territorio de sus más prominentes enemigos, los Cacos 13. Sus brazos y pechos están cubiertos por tatuajes y sus ojos se ocultan bajo unas gafas negras. Tiene unos 35 años y sonríe satisfecho cuando le pregunto si es de Juárez. “Yo no soy de Juárez, Juárez es mío”, responde.

Atribuye (Garduño) la proliferación pandillera a la aumentada desintegración familiar: “Madres solteras que trabajan y dejan a los hijos solos; familias de padres borrachos. Los muchachos buscan calor y sólo lo encuentran con los amigos: la pandilla”.[8]

Orgulloso, en pocos minutos me cuenta su historia y de las relaciones que ha hecho a lo largo de su ella. Conoce a quien sea pertinente, en persona, e incluso su hermana está casada con un matón importante de una pandilla. Habla con familiaridad de la rivalidad de los K-13 con los Altamirano Dukes, igual que de las de las míticas batallas entre los Gatos y los Ortiz. Cuando le pregunto el motivo de las rencillas entre los Barrio Alto Brisa; los Barrio Alto Chávez; los Cacos 30; la K-13, cuando le cuestiono por qué se puebla de muertos la calle Mercurio, dice de inmediato: “es la coca, pues qué más, y déjame decirte que estos están más armados que los de la guerra de Irak. No te imaginas cuanto”

4.- Ahora es demasiado tarde… Estrella

La estrella de cinco picos, dibujada con líneas doradas lleva en su centro, también dorado, la leyenda “Paseo de las Estrellas”. Un hombre y una mujer cogidos de la mano se detienen a verla. La base de mármol verde enmarca un vaciado de concreto pintado en esmalte negro, en cuyo centro, las manos extendidas del compositor Juan Gabriel aparecen en bajo relieve.

El día que el cantante depositó sus huellas en el lugar, frente al centro nocturno Noa Noa, unas 100 mil personas salieron a las calles para vitorearlo. Fue ocasión, inclusive, para que algunas maquiladoras otorgaran a sus empleados un día feriado. Sobre la plataforma de un tráiler, el cantante fue llevado entre la multitud a lo largo de la principal vialidad de Juárez, la 16 de Septiembre, hasta la avenida Juárez donde el transporte dió vuelta para llegar al cruce con la calle María Martínez. En cierto momento, ante el vaivén del vehículo, el cantante exclamó: “si me caigo me cogen”. La explosión de hilaridad de sus fans le dibujó una sonrisa, “¡ay, que mal pensados son!”, dijo.

El concierto móvil de Juan Gabriel es quizá la mayor fiesta popular que se ha visto en las calles de Ciudad Juárez, y fue una estrategia de los ciertos empresarios para contrarrestar la “mala imagen” de la ciudad debido a la creciente violencia.

De aquel propósito queda muy poco, y esa fue la única estrella de un paseo hasta la fecha inexistente. Al lado del acceso al Noa Noa, una pesada puerta metálica color café decorada con motivos de guitarras eléctricas, soles plateados, lunas y cabezas de leones, una placa hace alusión al motivo de los organizadores del concierto: “La ciudad espera el nuevo milenio con una nueva imagen. 14 de diciembre de 1999”.

Juárez nunca ha carecido de astros, aunque no precisamente apropiadas para una campaña similar; Elsa, una mujer que conocí unos años antes era un lucero anónimo de piel café.

La ví por primera vez una noche de sábado encima de una de las pistas del Fausto´s, un bar topless ubicado a un par de cuadras del Noa. Ella se desnudaba entre requintos y riffs metálicos, y ante la mirada seca e interesada de los clientes. Prefería el rock duro, lo que no impedía un gusto particular por alguna que otra produccion nacional. “Sagitario”, el disco de una nueva cantante mexicana le gustaba casi íntegro, y en especial dos de sus tonadas: “Mar y Arena” y “Aquí estoy”. Elsa era de Torreón.

En aquel tiempo, a pesar de su porte, no podría decirse que ella fuera la reina de la noche. Para muchos seguramente el título le venía a una mujer joven, alta y elegante que restaba clientela al Fausto´s desde el club Noche y Día; Jazmín era una bomba, y bien podría brillar como ninguna otra. Era conocida como La Chola.

Hay para mí escenas de imborrables de Jazmín. En la primera, la única prenda que viste a su piel blanca  mientras baila “Stars on 45” enmedio de la pista es su inseparable tandito de fieltro negro; en otra, vestida totalmente de negro, ella y Perla, su compañera de oficio, detienen el tráfico cuando caminan al mediodía con pasos largos y rápidos frente al edificio de la Aduana Fronteriza; en la última, Jazmín entra de madrugada con tres cholos a una habitación del Rex, un hotelucho de la zona centro.

Varios años después de vivir estos encuentros, hoy deambulo de nuevo entre estos callejones. El feudo de Elsa, era ese universo grisáceo cuyos confines se extienden por la calle Mariscal desde el borde del Río Bravo hasta el sitio donde Fray García de San Francisco fundó Ciudad Juárez en 1659. Singulares galácteas lo conforman, cada cual con su propio racimo de estrellas. Es un paraje que con el paso del tiempo ha reafirmado su oscura identidad.

Las Vegas Night Club es un edificio que tiene en el techo incrustada una avioneta de color aluminio metálico. La cabina y las alas sobresalen discretamente hacia la fachada y deteniendome justo debajo de la aeronave diviso lo que parece ser la matrícula, las siglas XB-AQR. La figura de un aguila imperial estadounidense hecha de alambrón ornamenta el cerrojo del lugar, mientras que la puerta es enmarcada por la figura en tres dimensiones de una Cleopatra de ojos verdes y piel morena clara.

Es el ocaso y las luces se comienzan a encender. Al doblar hacia el oeste, encuentro a una mujer desnuda dibujada por luces de neón, que preside el paisaje de la Santos Degollado, la calle paralela a la Mariscal. Su cabeza simula la de una Medusa de colores, y sus ojos están cubiertos por un antifaz. Es el símbolo del Club Virginia´s y parte de la parafernalia que con la oscuridad de la noche se convierte en promesa de placer y perversión.

A mi paso, entre ventanas protegidas por rejas baratas y cortinas transparentes, un grupo de homosexuales cuchichean e intentan ofertarse. El sexo es su mercancía y la brindan de manera rica, variada y accesible: un blow job cuesta 10 dólares: el servicio total 20 dólares. La Linterna Verde es uno de sus nidos, un prostíbulo de pasillos estrechos y cuartos miserables rodeado de innumerables picaderos. En otros bares el esquema se repite. Alrededor del Irma´s, del club Extranjero o La Madelón se aglutina un ejercito de criaturas que se identifican con la noche.

El club Irma´s había sido el escenario de aquella plática entre copas, una investigación periodística disfrazada de conversación nocturna. Y la mujer le contaba a la reportera de su amiga, y de cuanto la extrañaba, y le hablaba de su amistad, y de que alguien tenía que pagar por su vida, y ambos escuchabamos. Y ella tenía nada que ver con Elsa, y a la vez tenía que ver con ella, porque todas ellas tienen que ver con todo, y todos tenemos que ver con esto.

…en Ciudad Juárez existen 1.5 negocios dedicados a la venta de licor en botella abierta por cada escuela…[9]

Mientras exploro la zona, recuerdo a Elsa y los breves destellos de su compañía. Nuestro último encuentro fue producto del azar. Le había dejado de ver por un tiempo largo.

La luz punzante del mediodía de domingo no era la apropiada para un cuerpo celeste en extinción. El breve top que revelaba el fino óvalo hendido de su ombligo y su mínima cintura, había sido sustituido por una holgada camiseta blanca de algodón con la que pretendía ocultar el ahora reducido volumen de sus caderas. Su rostro, demacrado en extremo denotaba los excesos incurridos por aquel cuerpo la noche previa, y sus ojos carecían de chispa y brillo.  Elsa me pidió dinero, y represión. “Me he vuelto una adicta, pero quiero dejarlo, golpéame cuando me veas de nuevo así”, dijo.

No existió un encuentro ulterior. Un billete de cinco dólares al cambiar de mano fue nuestro último contacto. Esa vez la había encontrado muy cerca del Noa Noa, el centro nocturno donde se reúnen migrantes, prostitutas y pushadores. Doce años antes de que alguien intentara colocar ahí una estrella inerme como símbolo contra la violencia, un astro de carne y hueso se extinguía, bloqueada su luz por el fango de la heroína, y en nombre de causa alguna. Elsa había sido, hasta entonces, uno entre los miles de astros que revolotean como luciérnagas al caer la noche por este fantasmal Paseo de las Estrellas.

5.- Trece

¿Quién las recuerda aún? La RCA, establecida en 1969 y la primera gran transnacional en arribar a la ciudad se convirtió por ese motivo en la joya, el símbolo de la industria maquiladora. Al cierre del 2002 muchas transnacionales que operaban en Juárez han desplazado sus líneas de producción hacia China, gracias a la reciente incorporación de ese país a la Organización Mundial de Comercio, dejando una estela de 100 mil desempleados. El costo de la mano de obra asiática es una fracción del de la mexicana.

En una etapa de la ciudad, estos nombres eran referencia. Son las maquiladoras más viejas de la ciudad, las pioneras en Ciudad Juárez de un modelo económico diseminado ahora por todo el mundo: Allen Bradley; Capcom; Centralab; AMF; A.C. Nielsen; Essex; IG Mex; Favesa; Pedsa; Convertors; Acapulco Fashion; Baldwin; SESA; Motores Eléctricos de Juárez. Casi nadie las recuerda. Unas han cambiado de razón social, otras fueron vendidas, y las más están a punto de irse de México.

Fueron durante los años sesentas y setentas casi puntos cardenales para los habitantes de Ciudad Juárez. La Acapulco Fashion estaba ubicada por la avenida López Mateos casi con Insurgentes; Baldwin al norte, por la avenida Plutarco Elías Calles y Rivereño; A.C. Nielsen en la avenida Lerdo de la zona centro; el Parque Industrial Juárez, ó del kilómetro cinco (de la carretera Juárez-Casas Grandes) como era popularmente conocido, con varias de ellas al suroeste; y el Parque Industrial Antonio J. Bermúdez con otras tantas, al este. La “erre”, como llamaba la gente a la RCA estaba ubicada ahí.

Los finos subensambles de componentes electrónicos, de pequeñas piezas de plástico o metal requerían de mano de obra femenina. Los crisoles donde los extremos de los cables eran bañados en estaño; la soldadura de los componentes; el control de calidad y el embalaje de los productos eran operaciones desempeñadas por mujeres, como la mayoría de las fases de la producción. Los varones ocupaban pocas plazas, principalmente aquellas relacionadas con maniobras rudas, como aprovisionamiento de líneas de producción, mantenimiento de maquinaria y edificios o manejo de existencias en almacén.

La industria maquiladora hizo que sus estándares e intereses marcaran el ritmo de la ciudad. En las rutas 2-A y Valle de Juárez RCA por lo general el único hombre a bordo del autobús era el conductor, y las mujeres obreras deberían llegar antes, o con pocos minutos de tolerancia a la planta para el turno que iniciaba a las seis de la mañana.

Fui el empleado número 57 de una planta de la segunda generación de maquiladoras que llegaron a Juárez. Luego de ser en su mayoría femenina, la mano de obra masculina se incorporaba gradualmente a las líneas de producción. General Motors, la compañía más grande del mundo en ese momento, inicia operaciones en Ciudad Juárez a través de CCE, Componentes y Conductores Eléctricos a finales de los setenta. El corporativo llega a manejar en la ciudad más de 30 plantas y un centro de diseño.

Las áreas industriales se extienden posteriormente hacia el valle de Juárez, con el Parque Industrial Río Bravo como principal aglutinador. En 1986 Jaime Bermúdez Cuarón, entonces alcalde de la ciudad y propulsor de la industria maquiladora en los sesenta, concibió una especie de ciudad satélite, Juárez Nuevo, con naves industriales como núcleo urbano, a cuyo alrededor se ubicarían zonas habitacionales, servicios, supermercados, centros de diversión, etc. Bermúdez poseía la principal constructora de la ciudad, y por décadas su empresa construyó obra pública para el municipio, y naves industriales para compañías transnacionales. Un ex empleado de Bermúdez, Federico Barrio Terrazas, se convierte años después, en el principal constructor de plantas industriales.

Es la fiebre del oro en Juárez, y esta alcanza su cúspide en el año 2000. Los edificios de las plantas se mezclan indiscriminadamente con zonas habitacionales, e inclusive con áreas residenciales. El Campestre Juárez, lugar en el que por excelencia han habitado las familias ricas de Juárez se encuentra rodeado de naves industriales, al igual que las colonias populares. En la colonia México 68, ubicada a espaldas de las maquiladoras del Parque Industrial Juárez viven obreros de maquiladora en innumerables casas de cartón y madera. Irónicamente las calles llevan nombres de líderes o ideólogos izquierdistas. Una calle adyacente al edificio de una maquiladora se llama Carlos Marx.

El auge de los noventa se debió, en gran parte, a factores externos, aunque no ajenos a Juárez. Poco tiempo después de la caída histórica del comunismo, México y los Estados Unidos se encuentran firmando un acuerdo de libre comercio, junto con Canadá. La exigencia para las entregas de producto terminado son severas, y el turnover que enfrentan las maquiladoras, muy elevado. Se crean incentivos económicos para quienes no abandonan el trabajo, y a quienes inviten a otros obreros a trabajar en las compañías se les retribuye también. Los autobuses cargados con miles de veracruzanos arriban diariamente a diversas colonias de la ciudad, donde son hacinados en vecindades. Lo mismo sucede a oaxaqueños y chiapanecos. O a sudamericanos.

En una carta a (Lloyd) Bentsen firmada por 443 compañías (de Fortune 500) y asociaciones comerciales, los caballeros de la Mesa Redonda declararon “Nuestro apoyo a la vía rápida (para aprobar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte) no garantiza que aprobaremos el tratado final. Al contrario, solo apoyaremos un convenio que esté de acuerdo con los intereses comerciales de los Estados Unidos”.[10]

A fin de año las empresas contratan autobuses foráneos para asegurarse de que sus empleados de estados sureños vuelvan a su empleo al finalizar las fiestas. En los barrios los regionalismos afloran. Primero la discriminación de las pandillas y juarenses contra los fuereños, y luego los roces entre personas de estados diferentes que derivan en riñas.

El negocio de la maquila se copia a diferentes escalas. A través de subcontratos, las operaciones de subensamble se trasladan a pequeñas instalaciones. Gerentes o supervisores de las compañías sacan provecho de sus buenas relaciones. El negocio es muy rentable y las oportunidades son para todos. Hay desde quien lleva operaciones de ensamblaje a caserones o bodegas, hasta los que entregan los insumos casa por casa, e igual, recogen el producto procesado.

El 6 de octubre de 1993, a iniciativa del alcalde Francisco Villareal Torres, el gobernador de Chihuahua de extracción panista Francisco Barrio Terrazas expropia a familiares de los ex alcaldes priistas Manuel Quevedo Reyes y Jaime Bermúdez Cuarón 1 mil 212 hectáreas del Lote Bravo, una amplia extensión desértica al sur de la ciudad. Hacia este predio, al igual que al expropiado por el gobernador Fernando Baeza Meléndez al ejido Salvárcar es hacia donde uno y otro grupo político han dirigido durante sus gestiones el desarrollo de la ciudad. El manejo que Francisco Barrio Terrazas hace de la venta de los predios de Salvárcar, hecha sin licitación pública y de la cual se benefician personas de su grupo político constituye el mayor escándalo político durante su administración.

“Fue también Federico (Barrio Terrazas) quien hizo los grandes negocios con el Fideicomiso Salvárcar 118, en lo que fue un auténtico robo, porque metió maquiladoras en las avenidas Torres, Jilotepec y Henequén en terrenos que compró baratos y vendió carísimos” señala (el ex presidente de los ejidatarios de Nuevo Cuauhtémoc, Salinas Sapien). “Un gran despojo a los ejidatarios que nunca tuvieron acceso al comité técnico del fideicomiso”.[11]

La fama del Lote Bravo se debe en gran parte a los cadáveres de 14 mujeres encontrados ahí en 1995, a partir del 19 de agosto, fecha en que los supuestos restos de Elizabeth Castro fueron encontrados al lado oriente de la carpeta asfáltica de la carretera Juárez-Casas Grandes. Las pugnas políticas por la posesión de predios al sur y sur oriente de la ciudad con fines de desarrollo estratégico han quedado confinadas solo al ámbito regional. Los efectos que produce una sociedad esclavizante no: el 92% de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez ha sido cometido contra migrantes.

A ocho años del fatídico 1995, las áreas del Lote Bravo aledañas al Libramiento Aeropuerto han sido ocupadas por asentamientos humanos y maquiladoras. Era entonces un predio despoblado. Hoy día, a un lado de la avenida de Las Torres se halla el Parque Industrial Intermex. Las radiantes construcciones contrastan con los oscuros hechos que dieron fama a la zona. Los nombres de transnacionales estadounidenses, ya sea de manufactura o de servicios se se suceden: Auto Zone; Johnson Controls; Herman-Becker; Scientific Atlanta; Burger King; Kenworth; Emerson Appliance, entre otras. Es la imagen del progreso, pero su verdadero rostro es de cartón.

Dos chicas esperan en el Parque Bermúdez, a la entrada de United Technologies Automotives (UTA) que el transporte de personal llegue. Es marzo de 1999. En la etapa inicial de la industria maquiladora esa planta se llamó Centralab y hoy es una entre varias plantas que UTA posee en la ciudad. UTA controla las plantas que antes eran llamadas Essex, una subsidiaria de United Technologies, la empresa de la que fue presidente Alexander Haig, un ex secretario de estado estadounidense.

Juárez es líder mundial en la fabricación de alambrado eléctrico para automóviles, y ese es el giro de la UTA. El proceso de producción se lleva a cabo sobre enormes carruseles giratorios donde están depositados a la vez varios arneses. Durante todo el turno, de pie, las jóvenes mujeres siguen el incesante giro del carrusel colocando cables y cinta adhesiva. Van y vienen, de una pieza a otra, una y otra vez.

Observe alrededor de su casa. Lo más probable es que niños mexicanos ayudaron en la fabricación de algunos productos encontrados ahí.

Las manos de adolescentes ayudaron al ensamblaje de algunas conexiones alámbricas que van dentro de los refrigeradores Whirpool, General Electric y Amana. También fabrican los cinturones de seguridad, el claxon y los sistemas para estéreo en los automóviles General Motors, Ford y Daimler Chrysler.

Desde Matamoros hasta Tijuana, los menores, a veces con solo 12 años de edad, ocupan trabajos intensivos en maquiladoras ubicadas a lo largo de la frontera.[12]

Son las siete de la tarde y las chicas acaban de ser despedidas. No fabricarán más arneses, por lo pronto. El autobús que las lleva a su colonia llega a medianoche, y, mientras tanto, ellas esperan afuera de la planta. El día anterior la empresa rescindió su contrato, dicen, a un numeroso grupo de chicas de la misma edad. Los periódicos han publicado que una empleada de 14 años que trabajaba en el segundo turno en otra empresa fue violada por el chofer del transporte, y que salvó la vida de milagro. A ellas esto las ha dejado sin empleo. “Fueron hasta nuestra colonia a contratarnos, y ahora nos despiden. Iban en vans con bocinas ofreciendo trabajo”, dicen. Ambas tienen 13 años.

“Sólo con la información que contiene mi libro, este caso (de los homicidios de mujeres en Ciudad Juárez) podría resolverse en un plazo breve, si hubiera realmente voluntad”.[13]

 GLOSARIO

agua celeste (caló): solvente disuelto en agua usado para drogarse.

baña, bañarse (caló): apropiarse indebidamente te dinero u objetos.

blow job (inglés): felación.

discotheque (inglés): discoteca, local público.

freeway (inglés): autopista.

picadero (caló): local de distribución de droga al menudeo.

placazo (caló): distintivo gráfico de cada pandilla, que se pinta en bardas, ropa, y que tiene su equivalente en una forma particular de ejecutar una figura con las manos.

pushador (caló): distribuidor de droga al menudeo.

riff (inglés): breve pasaje musical, de sonoridad estridente que se usa en las canciones del género rock pesado.

scanner (inglés): aparato electrónico rastreador de radiofrecuencias.

short (inglés): pantalón corto.

staff (inglés): equipo, plantilla, personal.

strike zone (inglés): término usado en el beisbol por donde entra el tiro acertado, hecho por el lanzador.

tandito (caló): sombrero cholo.

top (inglés): blusa corta

topless bar (inglés): barra donde se presentan desnudos femeninos como variedad.

turnover (inglés): rotación de personal en una planta industrial.

REFERENCIAS
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[1] The New York Times, Nueva York, febrero 11 de 2001, “Chasing Mexico´s Dream Into Squalor”, por Ginger Thomson.

[2] Reforma, Ciudad de México, 5 de junio de 2001, por Margarita Vega.

[3] Imagen, Zacatecas, Zac., noviembre 4 de 2001, Notimex.

[4] Norte de Ciudad Juárez, Ciudad Juárez, Chih., 21 de marzo de 1999. Pagina 1, sección A, por Félix A. González.

[5] El Diario, Ciudad Juárez, Chih., 30 de marzo de 2000. Página 8, sección A, por Nancy San Martín (reproducido por El Diario bajo autorización del Dallas Morning News).

[6] El Diario, Ciudad Juárez, Chih., 17 de septiembre del 2000. Página 8, sección A, por Gamaliel Linares Baca.

[7] El Diario, Ciudad Juárez, Chih., 7 de septiembre de 1998, página 1, sección A, por Gamaliel Linares Baca.

[8] Ibid

[9] El Diario, Ciudad Juárez, Chih., 15 de noviembre de 1998, Sección A, El licor en la hora de la violencia, por Ignacio Alvarado.

[10] Citado por John R. MacArthur en el libro The Selling Of Free Trade, Hill and Wang 2000, páginas 140 y 141, en referencia al proceso de cabildeo del gobierno estadounidense entre las compañías estadounidenses miembros de Fortune 500 y con la Cámara de Comercio de los Estados Unidos para obtener del Congreso de ese país la autorización de la vía rápida de negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, en inglés), durante la administración del presidente Bill Clinton.

[11] El Diario, Ciudad Juárez, Chih., 17 de septiembre de 2000, página 8, sección A, por Gamaliel Linares Baca.

[12] El Diario, Ciudad Juárez, Chih., 30 de marzo de 2000. Página 8, sección A, por Nancy San Martín (reproducido por El Diario bajo autorización del Dallas Morning News).

[13] Declaraciones de Sergio González, autor del libro Huesos en el Desierto al diario español La Vanguardia (edición digital). Barcelona, España, 19 de noviembre de 2002.

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